Guerras y absurdos

Hasta bien entrado en años la “monstruosidad del norte” era parte de mis verdades, de mis inamovibles convicciones. A la mitad del ’05 se alinearon los astros del sorteo de visas y del callejón sin salida de la Cuba de hoy -también de ayer y antier- y vine a dar con mis huesos a los Estados Unidos. Ya de este lado pude constatar que se puede vivir, por humilde que sea el empleo que a inicios consigas; que la diferencia entre un mundo y el otro es abismal y encontré orden y libertades. A unos “gringos” de quienes aprendí a decir: buenos días, buenas noches, gracias, por favor, lo siento… en su extraña lengua. Que el paso se sede y la puerta se sostiene para que no golpee al que sigue. Gentes que detuvieron su auto para aclararme una dirección y ante la posibilidad de que no los entendiese se sintieron en la “obligación” de encaminarme al lugar buscado y al fastidio, con buen semblante se han despedido con un: “don’t worries, have a nice day”. Que tiene efectivas leyes de protección a los trabajadores; contra el acoso o al matoneo; la discriminación racial, de género o preferencia sexual. Que se aceptan cualquier creencia o religión.

América como se le conoce a este gran país que me ha cambiado la vida, las percepciones y sólo he encontrado la manera de retribuirle en algo a lo mucho que ha hecho por mí y los míos en ser un ciudadano de bien; no vivir al límite de la ilegalidad y no aceptar ser una carga pública de cuerpo sano y moral enferma. Que me han hecho feliz que mis verdades de juventud no fueran tan así ni han sido un escollo insalvable, mucho menos un dilema existencial; porque tengo la no muy común virtud de que si las cosas van mejores poco importa que el equivocado sea yo y no viceversa.

Pero no todas mis verdades de antaño eran infundadas y Estados Unidos desde otras partes del mundo no se ve tan bonita. Porque han dejado heridas siempre abiertas y supurantes de ocupaciones, despojos e imposiciones de sus cánones con cañones. Por hecer valedera la máxima dullesiana de que “Estados Unidos no tiene amigos sino intereses” se han arrimado a la mentira, las calumnias y las provocaciones. La historia está plagada de espurios eventos de invasiones a países y derrocamiento de gobiernos establecidos por encomienda de esos intereses que rigen la diplomacia de la injerencia. Tampoco faltan las vergonzosas excusas para embaucar al idealista y noble estadounidense medio en el respaldo a guerras impopulares: desde el acorazado Maine en el puerto de La Habana, Pear Harbor o las armas de exterminio en masas de Sadam Husein; para no citar el «ataque químico» en Siria. Y es que la impronta de las relaciones internacionales, con quienes no califican como aliados es desestabilizar, atacar o asfixiar económicamente para luego dejar a esos países a su suerte, en el caos mientras Hollywood se encarga de crear los héroes y contar las historias a su modo.

Y así no sirve, porque soy de los partidarios de que sí se va ir a la guerra, se haga una guerra que valga la pena: que se tenga el fundamento moral en primer lugar y luego las consideraciones de seguridad, consecuencias y métodos. Llegar hasta el final para que no quede a medias el empeño. Que no sea gastar una bomba gigantesca solitaria como la lanzada esta semana en Afganistán sin el acompañamiento de otras muchas bombas más y de un ejército peinando palmo a palmo la tierra hasta dar con el mullah Omar, parientes y conocidos, porque es una premisa de subsistencia: al enemigo hay que acabarlo de raíz. Pero es un contrasentido dejar a todos esos países como caldo de cultivo al extremismo, con gentes que no tienen nada que perder y lo único que les alimenta es el odio, que no entran en pánico por un “ruido” que les parezca a un disparo ni es tan pendeja como los pasajeros de la estación ferroviaria del Madison Square Garden que terminaron en una vergonzosa estampida.

No puede ser que se continúe con la misma absurda política de las cañoneras porque una guerra cuesta, y para nada me refiero a los soldados, que en fin de cuentas esa es su profesión; hablo de dinero, de mucho dinero, de muchísimo dinero que desangra a la nación. Como si no fuera suficiente que la armada ande y desande los mares del mundo como meros patrulleros, con los submarinos agazapados debajo de los casquetes polares y los miles de soldados acantonados en Japón, Corea o Europa para velar por el mundo. Tendrá que llegar un presidente, un líder pragmático que entienda de que si logramos coherencia moral, de justicia y valores redundará en mayores influencias sobre el resto del mundo y se podrían ahorrar unos cuantos pesos y atajar la enorme deuda pública, del casi insalvable déficit presupuestario que es una “quinta columna” en las entrañas mismas del Imperio.

Y es indudable que los Estados Unidos es el país más maravilloso y noble del planeta, de la puesta hacia adentro; pero con una tradicional política exterior espantosa. Al menos es mi manera de ver.

 

 

 

 

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