Marielitas y balseros.

Una serie de sucesos alrededor de algunas representaciones diplomáticas en La Habana; de esporádicos y fallidos intentos de penetrar a las embajadas y acceder al derecho de asilo político fueron repitiéndose. Corría el año ’80 y los conatos habían sido de poca trascendencia hasta que el asalto de una docena de individuos a bordo de un ómnibus del servicio público a la misión del Perú resultó su colofón. Después de interminables horas de forcejeos entre las cancillerías: de apelaciones a inmunidades y soberanías explicitas en los protocolos diplomáticos, el gobierno cubano cumplió la amenaza de retirar la protección al consulado y responsabilizó a los peruanos de incitación a la deserción. La situación se les escapó de las manos a las autoridades cubanas ¡Unas diez mil personas! abarrotaron los jardines de la Residencia en cuestión de horas, mientras similares hechos trataron de repetirse en otras sedes latinoamericanas ahiladas por la quinta avenida. Sin dudas algunas que fue una negligencia dejar desamparada a la embajada y una estupidez mostrarle al mundo que no eran pocos los decididos a huir de la Cuba nueva, justa y equitativa. Pero Fidel Castro le encontraría una salida magistral.

Bajo la presidencia de Jimmy Carter se produjo un relativo “acercamiento” entre los dos estados y llegaron a sentarse a negociar algunas de las tantas cosas pendientes entre ambos. Cuba permitió la visita de cubanos emigrados luego de dos décadas de ausencia. En tanto que la contraparte sostenía la postura de “brazos abiertos” para todos los cubanos que arribasen a los Estados Unidos y su disposición de crear “puentes” para facilitar la emigración segura. Pero que nunca cumplieron como tal y dejaron en la zozobra, en la desesperación a cientos de miles de ciudadanos que habían manifestado sus intenciones de emigrar y a otros miles de presos políticos, a los que nunca les llegaron las visas prometidas en los acuerdos de excarcelación. Añadidas a las ya connaturales una y mil trabas burocráticas…, casi todas por parte del Norte. Todo se fue juntando en una sorda conjura hasta provocar la crisis. Fue en esas circunstancias que el líder cubano le aceptó el reto y les dijo: “vengan a buscar a quienes quieran” y la respuesta de los paisanos del otro lado no se hiso esperar. La Florida se volcó a sacar a sus seres queridos: familiares y amistades.

El exilio cubano se había ganado el respeto de todos: no sólo se había levantado económica y políticamente en los Estados Unidos, sino que arrastraba tras de sí al progreso. Individualidades que fueron dejando de ser esporádicas, sobresalían en todas las facetas de la vida: artista o científico; empresario o atleta; intelectual o repostero. Nada les era vedado y lo conseguían por méritos propios. Inconscientes o deliberadamente fueron dibujando la barriada con prósperos negocios nombrados como se conocían en la Cuba de antes. Escenarios usurpados a las instantáneas polaroid, con sus tonos ocre-violáceos y de recuadros blancos, de lindos coches aparcados y salpicados con los garabatos de las luces de neón. La colonia criolla era envidiada hasta por los judíos: tan tenaces y astutos como ellos, inteligentes y con mucha clase, pero ajena a los tonos grises y circunspectos de los hebreos, traían también su historia de destierro, éxodo y resurrección. De brazo con “monstruos”, coloquial calificación de nuestras hembras: que paraban el tráfico y provocaban irresistible e impúdicas miradas. Mujeres con las virtudes de sus tiempos a cuesta y capaces de retoñar, de adaptarse al nuevo sustrato y echar raíces. El “gerundio” del éxito le daba bofetadas al rostro de la realidad cubana, atrapada en las penurias de la absurda y desastrosa administración de un joven revolucionario romántico devenido en un malvado manipulador cesar que conminaba a sus seguidores a renovados ejercicios de abstracción para ver el futuro detrás del montón de promesas. La rutina de la abundancia apabullaba a la esperanza de “algún día será” allende al mar. El don del éxito de quienes apenas veinte años atrás habían comenzado de cero le era más peligrosa a la Revolución que un sitio naval ¡Y eso era intolerable!, por tanto: había que hacer algo.

Fidel, con gran poder de convocatoria era capaz de arengar a las masas y en horas poner a un pueblo en pie de guerra o de movilizar a la nación en multitudinarias manifestaciones contra el Imperialismo no tenía anticuerpos para el escrutinio de las comparaciones. Estadista astuto brilló con luz propia y se dispuso a herir de muerte al Exilio: familias y personas de bien, comunes y socialmente digeribles en menor cuantía, fueron emparedadas entre varios miles de presidiarios y convictos criminales por un lado y un centenar de miles de desaprensivos, vagos, vividores e indeseados sociales que arribaron a las costas de la Florida en las embarcaciones;  que fueron en su gran mayoría arrendadas por gente honrada, que se gastaron sus ahorros, se endeudaron e hicieron lo imposible para ir por ellos o que pudieran traérselos a la vuelta. Reunificarse luego de tantos años valía la pena a cualquier costo por tal de volver a tener una mejilla querida al alcance de un beso a quemarropa. A alguien con quien conversar hasta bien entrada la noche y obligarse a “dejar algo pa’mañana”. Tan magistral como perversa resultó la jugada: Fidel limpió literalmente las calles y cárceles cubanas, saturando a la pujante colonia cubana de elementos antisociales e inadaptados incurables. Se deshizo de ellos como renglón exportable al mercado norteamericano. Un sobre lacrado que contenía el manifiesto de embarque fue entregado al último patrón de las innumerables embarcaciones que por medio año realizaron el trasiego de cubanos entre ambas riberas, aún con la tinta húmeda se había acuñado: Éxodo del Mariel.

Ya el daño estaba hecho y la “contaminación” social al Exilio alcanzó visos de catástrofe, de la que nunca se recuperó o al menos, no volvería a ser el mismo. Los modales altivos del campechano criollismo se tornaron en zoquetearía de lacerante arrogancia. La deliciosa hipérbole cubana mutó a las grotescas exageraciones de ademanes vulgares e irreverentes y al bullicio de tozuda ignorancia ¿Y de las normas elementales de convivencia ciudadanas?, en el mero desafío de la estereotipada actitud chancletera en la imposición de sus cánones: “a quien me falte, le sobro”. Fidel otra vez alcanzaba su objetivo: lastrar a la exitosa colonia criolla con un pesado fardo sobre sus hombros de la que no podía deshacerse y la argucia de torcer la percepción de la sociedad americana sobre la otrora “inmaculada” comunidad cubana.

Pasarían catorce años de relativa tranquilidad, pero latente fuerza “telúrica” de una sociedad con la pirámide social invertida: de prioridades primarias de supervivencia; de necesidad vital de preservar el patrimonio constituido por tarecos como bienes. Obsoletos e inservibles, pero sostenidos con la peculiares capacidades y habilidades de reparar y remendar desarrollado por los cubanos en un involutivo proceso de adaptación al hábitat de la cacharrería. La clase “maceta” de zapateros remendones, reparadores de electrodomésticos, carpinteros, plomeros y mecánicos puso a comer de su mano al neurocirujano, al arquitecto o al coronel. También treparon a lo más alto de la pirámide los administradores de establecimientos minoristas con recursos y servicios altamente demandados y pagando en especie el secreto a voces de sus “manicheo y envolvencias” a una casta de funcionarios pomposa, pedigüeña y sobornable. A la vera, miles de profesionales vegetando en empresas burocratizadas e improductivas sin perspectivas de crecimiento profesional y lucubrando sobre un futuro posible. En un escenario de necesidades, donde “perentoria” es un concepto indefinido, porque falta de tó.

Hasta que el verano del ’94 les pondría los pelos de punta a los cubanos de la parte continental. Cuando se produjo otra crisis migratoria; en esta ocasión fueron sólo miles los cubanos que se aventuraron a cruzar el estrecho de Florida en rudimentarias embarcaciones, construidas con cualquier cosa “que flote”. Pero con los balseros -como trascendieron- el gobierno de Clinton tomó las medidas pertinentes; alertado por la comunidad cubana de que no estaba dispuesta a aceptar ni sería capaz de metabolizar otro “Mariel”, fueron enviados a la base naval de Guantánamo. Sin dudas que eso desestimuló a quienes huían del “período especial”, la mayor crisis económica que ha sufrido Cuba, con visos de humanitaria. En esta ocasión Fidel no abrió las rejas de los calabozos ni conminó a los reos a abandonar al país o a sufrir arbitrarias consecuencias. Pero la masa que recaló al otro lado traía consigo la erosión moral de la juventud con un sueño fijo: “irse pa’l carajo” ¡Sí era “pa’la Yuma”, mejor! Pero no importaba que fuese para Haití, Finlandia o Burkina Faso, la cuestión era salir de la Cuba. Y desde aquel 1980 ha estado creciendo la polución en el Exilio con toda una chusma para la que: el talento emprendedor, la voluntad de crecer y la adicción al trabajo eran (y son) términos y conceptos desconocidos o inaceptados. Contaminada con una canalla que sobrevive delinquiendo, en malos pasos ¡O! a costas de las bondades del sistema. Ya con el daño hecho no le quedaría más remedio que aprender a lidiar y convivir con la “cubanela.”

Hoy quisiera saber de tarot y predecir futuros, pero quizás nunca le agradezcamos a Obama y su ley de último minuto sobre la emigración cubana,  de que algún día ¡Qué pinga te pasa! y parecer un “chancletero de Luyanó” no sean los rasgos distintivos de nuestra cubanía ¡Digo yo! Porque es Mi manera de ver.

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