¡Una mera Madre era suficiente!

La naturaleza en su sabio pautar evolutivo y con asombrosas mañas de adaptación logró entretejer entre cada individuo y su entorno una red de vínculos para la supervivencia y darle a cada cual su rol en el equilibrio de la vida. Obvio que para tal equilibrio debió partir por preservar la especie; proyectarla hacia el futuro con la capacidad de readaptarse a los cambios y las condiciones del hábitat. Experimentó tantas maneras de procreación como condiciones para la reproducción hubiese: unas comunes, otras estrambóticas y muchas desconocidas aún. A los mamíferos los proveyó de temperatura constante y casi generalizó que el embrión se desarrollara dentro de su cuerpo hasta que estuviese listo para el parto.

Trató (la naturaleza) de darle esa encomienda al macho; por ser el de cada género el más fuerte y magnifico que disuadiría a los depredadores y el mejor dotado para la defensa de sus vástagos; pero pronto se decepcionaría: con semejante tamaño y fuerza sólo serviría para acicalar su pelaje, marcar el territorio y aportar los genes masculinos en la fertilización ¡Pero no todo estaba perdido! La hembra asumiría la carga existencial de portar el futuro en su vientre. Dotada de ternura y descomunal resistencia para amamantarlos y cuidarlos hasta que lograsen valerse por sí y la ferocidad sin límites para defender a su camada.

Y así la naturaleza, probando por aquí, intentando por allá dio con la más de las sublimes cualidades: la de Madre.

Al hombre le habían arrebatado el protagonismo de la vida y por más que se mirase en el espejo, no veía más que a un parido y no lo soportó: impuso su fuerza, fijó las reglas y escribió las leyes para legitimar que el lugar de la mujer siempre fuese en el segundo peldaño. Inventó creadores divinos y torció la génesis. Toda una maraña impenetrable de una cultura de subestimatización al género femenino con fundamentos de Profetas, que en realidad eran cosas de “profetos”, quienes,  cuando menos gente en su ignorancia buscándole explicaciones a la vida o comunes patanes y vividores de la Palabra.

El cuento de la costilla de Adán y la tesis de: “…Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.” dejaba muy mal parado al Creador, por tanto había que buscarle una solución y se les ocurrió la idea de un Salvador: un niño que cuando grande fuera a la cruz por nuestros pecados. Pero a este no la inventaron ¡Lo parieron! En un mundo sin arreglo ni esperanzas quedó sin nadie a quién recurrir por salvación ¡Total, somos de la misma calaña Creador y simples mortales!

Pero nadie escarmienta por cabeza ajena y suele ser que todo lo que sucede conviene, frase que decimos mucho los cubanos y creo que es un precepto budista. Y seguramente que sí; será mejor cuando éste mundo caótico, inmoral y churroso, que se afana en la autodestrucción, con manifiesta vocación al suicidio caiga en el Agujero negro y no quedará más remedio que partir desde cero. Volver a trillar los mismos caminos, pero para cuando ese entonces, probaremos con una Diosa y apuesto, que se le alcanzaran los siete días para hacer mucho más y mejores cosas; pero sobre todo: los parirá uno a uno a todos y los encaminará por la vida como sus hijos. Y me las juego: que el aire respiren será mucho más puro al de éste mundo de hoy, el mismo mundo patas pa’rriba, que viene patas pa’rriba desde los días de la “creación burocratiza” de piquete del Padre, el Hijo y el espíritus santo ¡Cuanta chapucería, cuanta indolencia, cuanto despilfarro!, y pensar que sólo se necesitaba de una Madre ¡Una mera Madre era suficiente!

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