Fidel vs Castro.

Con la caída de Machado las cosas se pusieron feas. Aunque realmente antes del ’33,  nunca habían estado ni cerca de bonitas. Se corría contra el tiempo: Cuba precisaba encontrar los senderos de la institucionalidad y exhibir un gobierno «estable». Respondía a la premura de evitar que la Isla quedase acéfala; porque según los términos del tratado de las relaciones de tutelaje impuestas en la Enmienda Platt, Estados Unidos, a su discreción podía intervenir e imponer un gobierno provisional, o más bien, a una especie gobernador de territorios de ultramar mirando hacia Washington. Por la silla presidencial pasaron en ese brevísimo período: un general del ejército por apenas veinticuatro horas; el vástago del Padre de la patria, que también probaría suerte ¡Por poco llega al mes! Y para colmo de males la llamada Pentarquía. Y si una Silla sobraba para un gobernante, era insuficiente para cinco. No fueron tantas asentaderas lo que dio al traste con el pretendido gobierno colegiado, fueron las grandes diferencias políticas e intereses dispares de cada miembro. Irreconciliables fueron pan comido para la sonada castrense liderada por un sargento que amanecía jefe del Estado mayor. Un golpe de Estado que instauró un gobierno que trascendió como el «de los cien días». En tal desparpajo emerge el nauseabundo y magnifico ejemplar: taimado, oportunista, confidente del mismísimo Sumner Welles y celador de los intereses de los monopolios norteamericanos. Ese fue el real punto de partida de la carrera política-gansteril de Fulgencio Batista y Zaldívar que culminaría aquel enero que madrugó antes de lo esperado, rondando las tres de mañana cuando huyó de Cuba.

Pero cuando “nacía el hombre fuerte de Cuba”, su futuro dolor de cabeza apenas cursaba la Elemental y mientras el General ofrecía oportunidades de negocios, un joven se proyecta como un futuro abogado egresado de la universidad de La Habana. Cuando Batista se ufanaba de su cercanía “filial” con la mafia, Fidel se arrimaba a la casa política Díaz-Balart, desposando a una de sus doncellas y sin miedo escénico ya evidenciaba ambiciones políticas.

Fulgencio Batista se fue y literalmente dejó a todos ‘colgados de la brocha al llevarse la escalera”. Abandonó a su suerte a sus Casquitos cuando ya no era capaces ni siquiera de ganarles una escaramuza a los entusiastas Barbudos. Quedaban atrás la Guardia rural y sus ahorcados, las torturas de la policía represiva y la vista gorda a los crímenes de los “tigres de Manferrer”. Dejó a los políticos que por filiación o coacción eran la parte decorativa del establisment; a los grandes terratenientes, ganaderos e industriales. Y como entre pillos no hay decoro, era de esperar que Mayer Lansky y los testaferros de la Cosa Nostra se enterasen de la situación cuando las masas enardecidas les fueron con todo a los casinos y prostíbulos, estampa cotidiana del gansterismo de Estado, la facha de La Habana de putas, garitos y apuestas de caballos. En la zozobra quedaron también, miles de vividores de “botellas”. Parásito modo de vida de muchos afortunados compinches, ahijados y amigotes de senadores, gobernadores y alcaldes. Pero el vuelo demoró el tiempo justo que necesitó su team de tracatanes: quienes maleta en mano, como cada noche y de casino en casino pasaban el “cepillo” ¡Nada!, solo mañas de ladrón avaro, porque la inmensa fortuna amasada, fruto de tanto latrocinio estaba en puerto seguro; pero el tiempo de dio la razón: necesitaba unos “pesos sueltos” para pagarle el hospedaje a Trujillo.

¡Dejó veinte mil muertos!, en la que muchos quieren mostrar como una “tacita de oro” y  a un pueblo desesperado a la esperar un milagro o un salvador. Lo primero no suele ocurrir; pero para lo segundo, el joven abogado hiso mérito y subió a la sierra con la promesa de adecentar a la nación: de restablecer la democracia y acabar con la corruptela; que los militares regresasen a los cuarteles y hacer justicia con los esbirros. La idea de echar a Batista del poder, a la sazón no asustaba a los intereses transnacionales, al lobby industrial ni al gremio de comerciantes. A fin de cuentas: se precisaba que «el relajo fuese con orden» y ya el régimen que había hecho de todo por ellos necesitaba una mejor cara ¡Ya era tantas las barbaridades que hasta Washington decretaba el “embargo de armas” y suspendía la asesoría en materia de defensa…! Cuando ya Fidel, desde las lomas orientales alertaba de que un nuevo golpe de Estado no cambiaría el curso de las acciones y daba instrucciones de avanzar sobre la Capital; que seguía viviendo sus espléndidas noches, ajena y despreocupada de los problemas que parecía aún lejos, en el “interior”. Era abrumador el respaldo al líder rebelde, de todos los estratos sociales. Las angustias por la suspensión de las “garantías constitucionales” que les daba luz verde a los órganos represores de hacer lo que fuese necesario por revertir el eminente desenlace, pero que para el pueblo significaba que cualquiera podía “amanecer con la boca llena de moscas sin más ni más”. Y así entró Fidel a La Habana: aclamado, con un puñado de sus guerrilleros, una legión de oportunistas trepados a la caravana de la victoria y sus promesas vírgenes.

En vacío de poder lo había llenado Urrutia, un magistrado de la Corte Suprema. No tengo claro como era el embrollo de la sucesión, pero cuando Fidel asumió el cargo de primer ministro, él era el presidente. Urrutia resultó ser un caimán viejo, de la misma calaña que los políticos de entonces; pero no resistió el pulso con el joven comandante y se vio obligado a renunciar. Luego vendría Dorticós, Osvaldo Dorticós a asumir la nominal y decorativa presidencia por los próximos quince o dieciséis años. Ya Fidel tenía en control de todo el país.

“La revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes» más que el punto de inflexión en la historia de Cuba, sería un revolcón en la estructura política-social-económica del país y el inicio un larguísimo período de polarización extrema, en un proceso sin oportunidades a los medios tonos que apremiaron la definición de: blanco o negro en el fuego cruzado de los grupos oligarquicos, el capital transnacional y los antagonistas políticos, de un bando y los simpatizantes en mayoría por el otro. En fin, que lo adelante sería: Fidel para sus seguidores y no más que Castro para sus detractores, y las diferentes perspectivas y realidades para cada quien.

Con la disolución del Congreso, Urrutia, consciente o no le había hecho el mayor de los favores a Fidel: le dejó un camino expedito para gobernar en solitario y por decretos, ya que con el parlamento bicameral disuelto no tendría la oposición legislativa, que hubiese sido “un palo en la rueda”. Senadores y representantes, de dudosa calaña e integridad moral propensa a patrocinadores e intereses personales cobijados por el status de “representante del pueblo” no merecían tantos privilegios y al despegarlos de la teta de sus prebendas se comenzaba a adecentar al país… Pero la historia demuestra que hasta los cesares necesitaron de su cohorte aduladora que los “legitimasen”, Castro no fue la excepción. Y si bien Fidel libró al proceso revolucionario de ese Congreso por 17 años, también era consciente de que: mantener a esa caterva de politiqueros y demagogos, era parte del costo de la democracia, imperfecta; pero democracia al fin, a la que había prometido restaurar y llevarla a los caminos institucionales. Pero Castro haría las cosas a su manera y creó la “Asamblea nacional del poder popular”, una constituyente que reemplazaría el tradicional modelo de parlamento y que resulto, en no más que un comité de aplausos y de aprobaciones unánimes. Bajo la argucia de legitimar la obra de la Revolución, esa asamblea aprobaría una nueva Constitución; un engendro hecho a su medida y que lo consagró césar vitalicio con impunidad divina.

Fidel sintetizó el respaldo mayoritario a los «cambios» en la lidia contra los intereses del capital (foráneo o criollo) y se atrevió; nacionalizó las industrias que descaradamente chantajeaban la independencia del país. Cuba arriada por el narigón de la Cuota azucarera y la dependiente subordinación a las malcriadas Esso, Texaco, Shell, las Cuban: la de teléfonos y la de electricidad y no sé cuántas «sugar companies» que constaban en su patrimonio fundacional “el derecho adquirido” -seguro que algunos de los juristas abordo podrá explicar ese precedente en materia de Derecho- primero: de imponer las reglas del juego, las leyes que les legitimasen el monopolio y la competencia desleal; segundo: la exoneraciones de capítulos tributarios y la asunción por el Estado de enormes gastos logísticos y de infraestructura -una conminada política de estímulo y escenario atractivo a la inversión- y por último: la responsabilidad de la parte cubana, de garantizarles un clima de estabilidad política y social para el desarrollo de sus actividades y de ello, la represión gubernamental a cualquier conato por justicia. Industrias estratégicas que boicoteaban a la naciente revolución, en sintonía con las medidas económicas decretadas por los Estados Unidos. Indudablemente fue un golpe de dignidad inédito al status de república mediatizada impuesto el 20 de mayo del 1902.

Castro expolió toda la capacidad industrial de la nación sin distinción de origen. Se ensaño también con la mediana y pequeña red manufacturera criolla que se abría espacio con cierto éxito ante la apabullante transnacionalización y que amen de generar empleos, cubría lo que no, o no ameritaba cubrir por el Monopolio. Cada empresa, cada compañía intervenida se decretaba “bajo el control de los trabajadores”; una sórdida satisfacción al vulgo para afianzar el carácter popular de la revolución. Las grandes empresas continuaron siendo grandes empresas, pero estatales; los pequeños y medianos talleres y fábricas se agruparon en las llamadas empresas “consolidadas” ¡Y todas!, sin distinción siguieron el derrotero de la ineficiencia: gerencia inepta, la indolente burocracia y lo peor: la administración sobre la base de decisiones políticas o ideológicas. Todos esos factores llevaron al deterioro prematuro de las capacidades instaladas; a la depreciación moral de una industria desfasada e incompetente, en fin: a una realidad desastrosa.

Fidel arremetió contra los latifundios, los cotos de caza y los predios improductivos; “legisló” en favor de los aparceros, de quienes trabajaban las tierras y de las miles de familias campesinas viviendo en las guardarrayas. Dignificar la vida en el campo con una necesaria, justa e impostergable reforma agraria que eliminara las relaciones de vasallaje feudal tácito o cuando menos, de las onerosas condiciones sería una prioridad de la Revolución. Consciente de que la justicia social debía comenzar por el campo.

Pero la Reforma no resultó tal cual se esperaba. El impacto inmediato fue desestimulante y nunca se volvieron a tener los mismos rendimientos. El hacendado medio -que era la mayoría- se sintió despojado con todas sus razones y el miedo a que viniese una tercera etapa de la Reforma y le robasen aún más lo asechaba, y los achantó. Las carencias o excesivas regulaciones para acceder a maquinarias, semillas e insumos se hiso notar de inmediato y el factor humano también fue decisivo: las actividades del campo, dependientes del clima, la época, la luna y de disímiles factores quedaron desatendidas por la falta de mano ante la realidad de que el otrora peón era su vecino propietario. Y si bien las tierras se repartieron, no beneficio a todos los “sin tierra”, porque gran parte de las expropiaciones se constituyeron en “granjas estatales” que absorbería a gran parte de los jornaleros desempleados con trabajos fijos y la “comodidad” de trabajar en un ente estatal sin doliente a soportar a un exigente cascarrabias patrón. La tendencia mundial desde mediados del pasado siglo: el éxodo del campo a las periferias de las ciudades por “nuevas oportunidades” también nos contagió y la insoslayable verdad de que muchos “muertos de hambre” de las guardarrayas no fueron más que pusilánimes haraganes incapaces de gestionar con autonomía sus fincas y abandonaron sus predios a su suerte ¡Pero sin la restitución a sus legítimos propietario!

Castro fijó al Estado como único receptor y distribuidor de la producción agropecuaria: insuficiente, estacional y regulada, pero seguía soñando en grande y hablaba de la mayor zafra, de la mayor cosecha, la… La magnificencia lo embriagaba y los resultados lo agobiaban. En su fobia a la propiedad privada y la posible acumulación de la riqueza personal le seguía pesando, no solo por aquellos a los que había hecho propietarios de tierras sino haber dejado pasar la oportunidad de intervenirlas todas, apostó por la cooperativización como antídoto. Literalmente obligó a los campesinos a mancomunar esfuerzos y patrimonios so pena de la asfixia económica, al no acceder a los “limitados recursos” que serían priorizados a “las formas superiores de producción agropecuaria”. Así llevó al sector hacia “despeyucadero”, de desaciertos en desaciertos, culpando y removiendo funcionarios y convencido de que “en los lineamientos del Partido” se encontraba la solución. Castro transformó la autosuficiente producción de alimentos en Cuba, en una mera actividad de subsistencia. Y de su obra hablan la ganadería, la producción azucarera, los impenetrables marabusales y baldíos terrenos.

A Fidel se le debe la sublime campaña de alfabetización y su empeño de llevar el aprendizaje a todos los estratos y crear las oportunidades de estudios. De sembrar el país de escuelas, institutos y academias y hacer de la educación la imprescindible inversión para salir del subdesarrollo. También las cosas que se hicieron en el Deporte, que con las oportunidades a su práctica se llegó a masificar e incorporar disciplinas nunca antes vistas y el prestigio y relevancia alcanzó connotaciones universales.

La salud pública daría un gran salto. Si bien los registros y estadísticas de la fecha en cuanto a salubridad, Cuba andaba mejor que la mayoría de los países vecinos, tampoco era nada de que ufanarse, porque no andábamos bien y el esquema de atención primaria, excepto, La Habana que constaba con la mayoría de los centros hospitalarios, de investigaciones, laboratorios y los recursos humanos; en el resto del país estaba soportado por clínicas privadas y las llamadas casas de socorro. Una cobertura médica insuficiente, ineficiente e inexistente en el área rural y de una actividad devenida en “caja chica” a los entuertos politiqueros del pluripartidismo. Fidel apostaría por un sistema de salud integral, abarcador y competente.

Castro hiso desde tempranos a la educación, la salud y el deporte en su pasarela internacional y en su crónico narcisismo no dudo en destinar los recursos del país a: escuelas, hospitales e instalaciones deportivas; en una frenética carrera por mostrarle al mundo “los logros de la Revolución”. Ignorancia tozuda o perversidad enfermiza no le dejaron ver que semejante volumen de inversiones en sectores sin retorno -y habrá alguien que dirá no es así- resulta un despilfarro insostenible. Estadísticas para darles caricate a los vecinos cuando hablamos de millones de egresados de las escuelas; de miles de médicos; cientos de medallas olímpicas. De megas-instalaciones que a la larga resultaron sobredimensionadas; disfuncionales y costosísimas que hoy se golpea la geta con los cientos de miles de metros cuadrados de esas instalaciones en ruinas, en desuso o parcialmente en uso por la falta de recursos para su mantenimiento, reparaciones o adecuaciones. Acrecentadas por las chapucerías, malas terminaciones y pésimos materiales. De cientos de miles de profesionales subutilizados o desempeñando labores diferente por desidia o de otrora glorias deportivas -que no es un fenómeno solo cubano- viviendo de la caridad pública.

Fidel prometió un país que sería mejor a la vuelta de la esquina, de oportunidades y donde los trabajadores y campesinos tuviesen protagonismo, que decidieran el futuro y compartieran el estado general bienestar y… más.

Castro por cincuenta años engatusó a sus “súbditos” con un futuro mejor, los conminó al sacrificio extremo y les dio papeles de meros extras a quienes les prometió protagonismo. Desmontó las instituciones tradicionales, cargos y estructuras administrativas para dar paso a un Estado hecho a su talla, a sus caprichos y conveniencias. Terminamos saturados de comités y órganos de toda índole, en perfecta alineación  a las “directivas del Partido”. La libertad de opinión en su monologo de Estado y la Prensa en la réplica con puntos y comas a lo publicado por el Granma, el periódico del partido comunista de Cuba y de tirada supeditada a los tamices de la censura ideológica. Hiso todo lo humanamente posible y más allá por mantenerse en el poder. Eliminó, encerró, desterró y traicionó a contradictores y a compañeros y culpó de sus fracasos a aliados y contendientes por igual.

Y si bien Fidel y su revolución fueron la consecuencia directa de los males y barbaridades acumuladas en nuestra turbulenta vida republicana, se  cumple al dedillo que: “fue peor la cura, que la enfermedad”. Que perdurará en la memoria el perverso Castro que devoró al Fidel de la Sierra. Al que tuvo la oportunidad como nadie de hacer cosas buenas y todo lo hizo mal. Al ayatolá que acaparó la verdad, que no escuchó críticas y que nos deja un país que necesitará varias generaciones para ponerse al día con el mundo.

Aunque creo que le alcanzó el tiempo para mirarse en el espejo y ver que no era imprescindible y mucho menos eterno, las cenizas de quien debió morir en la hoguera reposan en unos pasos de los restos de Martí, en afrenta al legado del Apóstol. De un individuo, que siguiendo las pautas del simbolismo revolucionario, debería estar en el monumento a su obra, en el “Taj Mahal” de sus pretensiones; en la central electronuclear de Juraguá. Y quizás allí, logre descansar en paz. Al menos es Mi manera de ver.

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