Colón y otras vainas.

“…cuando yo descubrí a Nueva York en el año 19xx, en Nueva York ya había mucha gente…” es grosso modo mis recuerdo de un ensayo de Roberto Fernández Retamar “El encuentro de dos culturas” o “de dos mundos. El intelectual cubano reflexionaba sobre el descubrimiento y también le echaba leña al fuego en ocasión a los quinientos años de la llegada de los españoles a nuestras costas. Créanme que lo he googuleado, tratando de encontrarlo ¡Y ni modo!, seguramente tampoco se llama así el susodicho ensayo. Pero doy fe de que existió, porque fue la excusa para presentar un “trabajo” en una de las “jornadas científicas-educativas” que se celebraban, como carnavales cada año en las instituciones de enseñanzas (en Cuba). Que tendría algo que ver con las “fes” (formaciones económicas sociales) y el desenvolvimiento de la economía en cada etapa histórica. Más o menos, una vaina así; la cuestión era ganarse una merecida –y perjudicial- convalidación de la asignatura… Se suponía que yo debería recorrer el derrotero del desarrollo económico: desde la etapa de economía de subsistencia de los pueblos aborígenes (?) hasta las formas “superiores de producción Socialista”  bajo la premisa de “la satisfacción siempre creciente de las necesidades…” según su Ley económica fundamental.

Podrán imaginarse que tal exposición tendría más “tabla” de caradura que sustento; pero, aun incompleto y adoleciendo de todas las pifias de algo “de ahora pa’ahorita” no sonaba mal. Y a pesar de la significativa fecha para la hazaña de Colón; que a fin de cuentas fue el suceso que trajo a colación el tema, “no cogió ni cajita” ¡Alguien!, más atrevido que el Gran almirante descubrió un mineral realmente milagroso. La zeolita marcó época como la Macarena o Despacito. La avalancha de tesis condimentadas con el preciado elemento saturó la jornada: “La zeolita en la industria azucarera”; “Eficacia de la zeolita como método anticonceptivo…”, “Uso práctico de la zeolita en la elaboración de alimentos” ¡Y obvio!, no faltó quien arguyera sobre el “Ideario martiano y la zeolita”. ¿El provecho?, al menos para mí: que me salté el examen de la asignatura.

¿Y a qué viene todo esto? Ná, es que en estos días se debate sobre el futuro del marino genovés y todo parece que será la próxima víctima de los vándalos revisionistas en lo que algunos denominan “los efectos colaterales de Charlottesville” –recuerden ustedes las broncas en esa localidad por la marcha de los supremacistas-. Vuelven a sus tropelías quienes pretenden remover cada piedra de la historia. Habían hecho un alto, una pausa para no parecer insensibles ante la tragedia ajena ¡Quizás!, aunque defiendo la tesis de que los eventos naturales le robó la resonancia mediática de la que viven. Ya resignados porque los que se ahogaron, se ahogaron;  perdidas todas las esperanzas y nada que hacer por los que quedaron bajo los escombros y a los oscuros que poco a poco les va llegando la luz, la Prensa vuelve a prestarles atención al peligroso juego de “sanar heridas”. El vulgo está evaluando quién o no, puede estar en la historia, mientras los políticos sólo calculan el efecto electoral; quién o no merece un pedestal, mientras los políticos ponderan al potencial votante. Pareciese a gentuza que se asoman a los balcones; que se detienen en las esquinas o se sientan en un parque a mirar en rededor y cuanto les parezca, arremeten contra ello. Ya puede ser “excluyente” la flecha en la calle indicando el sentido del tráfico; odiosamente racista la metafórica “oveja negra” o ilegal el derecho de cuatro blancos a blandir estupideces como dogma de vida, mientras los políticos, pescando en aguas revueltas.

Pero bueno, lo que me trajo aquí: la eterna y puntual controversia de si descubrimiento o encuentro, ahora envuelta en la coyuntura social de estos tiempos. Ésta semana comenzó con el lunes “Día de la raza” en los Estados Unidos justamente por la fecha. Dizque “Descubrimiento” al encontronazo de “civilizaciones”, yo no lo creo desacertado; la algarabía de Rodrigo de Triana gritando “tierra” aquel doce de octubre del 1492, con tanta fuerza como si cantase el gol de la victoria en el minuto noventa, sin dudas alguna que fue un hallazgo y a partir de ahí, los mundos: el conocido y el Nuevo formarían parte de uno solo. Cuando la piara de ignorantes aquellos se arrimaron a este lado, descubrieron algo que ya conocían mucha gente, pero no el resto; se toparon dos partes que no tenían ni ideas del uno del otro. Dizque “encuentro de dos culturas” a lo que terminó en la imposición de una sobre la otra hasta desvirtuarla y propiciar una diferente, también es valedera.

Y como todo lo controvertible puedes mirarlo como borracho o bodeguero: todo parecer al respecto puede ser ético, razonable, estéril o parcializado según el plano en que te posiciones; pero conducente al mérito del aporte al resto del mundo, a la historia y a nosotros mismos. Sin embargo, lo que es imperdonable es que se continúe permitiendo, alimentando y secundando por acción u omisión -o, por activa o por pasiva, como suelen decir los políticos españoles- el desguace de los valores patrimoniales, culturales e históricos de una nación con un exitoso modelo de vida y de convivencia. Los políticos y la institucionalidad tienen la obligación de explicarle a todos, que los atributos Confederados tienen todo el simbolismos de una de las partes contendoras, que los nombres Confederados son de protagonistas en el desencuentro; pero también en la reconciliación y de la unidad de este gran país y que respetar al que no resultó victorioso y toda su parafernalia, además del sublime acto de decoro, fue la manera más inteligente y efectiva manera de enterrar agravios y un claro mensaje de que las prioridades serian el desarrollo y la prosperidad y no las retaliaciones.

En cuanto a Colón tenemos que recordarles a los “indignados” -que indignan- y a los políticos, entre ellos al alcalde De Blasio y también a la voz negra que le susurra al oído en la cama: a Colón le toca su lugar en la historia por lo que le aportó a ella, que su imagen es un ornamento cultural sin filiación política y que le atañe a todo el mundo. Que Colón fue el navegante y no el conquistador; el que le aportó al conocimiento humano, en apenas jornadas, tanto como lo que conocíamos ya; y de que ese genovés ni siquiera italiano, al servicio del reino de Castilla no transportó ni un solo esclavo hacia el Nuevo mundo. Que a  Cristo, la gonorrea y a los negros los trajeron otros; que el saqueo y el exterminio fueron horrores de otros tiempos. De que hemos llegado hasta aquí para seguir pa’lante y no para purgar la historia. Que existieron muchos malos que hicieron cosas muy buenas y mucho bien para este país. Que muchos inmorales esclavistas al final de la jornada han terminado trabajando muchísimo más que los esclavizados.

Por tanto no es difícil la elección desde los valores morales. De un bando los que han hecho prospera y fértil ésta tierra y del otro: pusilánimes, oportunistas y perezosos vividores de la victimización histórica ¡Yo tengo la mía!, por tanto: conmino a la plebe al trabajo y les garantizo que con ello la nobleza de consigue. Al menos es Mi manera de ver.

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