Los Veteranos

Yes Sir!, es la única respuesta aceptada al bisoño soldado. Seguramente un joven seducido por la burda, pero efectiva propaganda; donde las imágenes del poderío militar engatusan al muchaco. Inberbe quien se ve sobre un portaaviones luchando contra el mal y defendiendo nuestros valores. Al menos es esa la imagen que nos venden sobre la vida de un soldado en los ejércitos de los Estados Unidos. Siempre es un recluta, que en la posición de firme y el mentón elevado le responde a un arrogante sargento, alto y claro, como si al resto se refiriese: Yes, Sir, a cuantas afirmaciones a modo de preguntas se les vengan a éste en ganas. Llegamos a mortificarnos al meternos en la piel del personaje en las tantas películas e insultados vemos vejar al subalterno hasta más allá del límite de la afrenta. Parece ser cierto y que ése es el método: degradarlo a amasijo de carne y huesos y despojar al sujeto de la dignidad hasta convertirlo en una de las piezas de una maquinaria de guerra. «Eso les salvará la vida en medio del combate» y que es la única manera de alcanzar la victoria; transformandoles su ADN de individuos a instinto equipo, arguyen los infames “pedagogos” militares.

Pero yo no lo creo así, tampoco la experiencia. Si bien es cierto que la disciplina hace invencible a un ejército al lograr que sus miembros funcionen como mecanismo de reloj, siguen siendo entes pensantes, receptáculo emociones, de consciencias. Y a no todos les va del mismo modo la tarea realizada, el objetivo alcanzado o la misión cumplida. Los hay, quienes en el fragor del combate o incluso, luego de cruzar la línea del enemigo comienzan a cuestionarse el mérito, los métodos y la causa. Ya se ven lejos de casa en una guerra que les parecen ajenas y luchando por libertades que estrangulan independencias. Entonces la moral de combate se comienza a diluir en una cuenta regresiva.

Y el día del regreso, del licenciamiento llega y el viejo soldado, que posiblemente no rebase los treinta se confunde entre los transeúntes y el común; pero ya no es común y le lastran sus vivencias, sus cercanas experiencias mientras pretende olvidar el oprobioso “Yes, Sir”. Ahora se conforma con a ser uno más; pero no lo conseguirá jamás porque ya es un ¡Veterano! Ya es harina de otro costal y que pese a los vejámenes; la rutina del cuartel le proporcionaba seguridad ¡Incluso cuando su posición de combate fuese hostigada! Aquel modo de vida le resultan mucho más sencillo que sobrevivir en la calle: a pesar de los regaños, sólo había que cumplir órdenes, mientras alguien se encargaría de los avituallamientos y de la paga y si de matar se tratase, seguramente sería condecorado. La nueva vida es zigzagueante y competitiva. Antes, los exploradores le proporcionaban el azimut; ahora se pierde entre las coordenadas y comienza la frustración a corroer su estabilidad; las relaciones interpersonales se vuelven tensas y se siente relegado e incomprendido. Culpa a todos y se supone con méritos más que suficientes para mantener su frente en alto y se enquista en su fracaso mientras cuestiona todo: la medalla al valor pierde la apuesta con sus remordimientos que les recuerdan que los talibanes que neutralizó por merecido lo tenían, pero que fueron ¡a milla y media con un fusil de largo alcance! Que la palmadita del capitán  en el hombro para darle ánimo, mientras le aseveraba que eran “daños colaterales” muy poco le importó a su consciencia, conocedora de que se trataba de un ritual aldeano para una boda cuando oprimió el obturador. Y se comienzan a desboronar como castillo de arena todo y llaga a no creer en nada, porque tenía antes la certeza que los enemigos estaban detrás de la baliza; pero ahora ignora que los trae a cuesta, cuando la mente volada sólo halla sosiego con fármacos, alcohol o drogas.

Pero no todas las guerras han dejado las mismas secuelas a pesar de los traumas vividos. Porque sin dudas algunas, hay una relación directa entre la nobleza y causa. A las guerras mundiales se marchó con gallardía y a defender la patria. Que podríamos verlo de otra perspectiva y que no fue tal, es verdad; pero grosso modo, se marchó con ideales altos: quienes vivieron los horrores en las trincheras de Francia o Bélgica durante la primera de las contiendas mundiales fueron testigos del debut de un monstruo acorazado llamado tanque de guerra, conocieron a las alambradas y vieron los cadáveres contados por miles, de soldados asfixiados por los gases letales. Ellos regresaron tan espantados de lo visto, que las precarias condiciones de vida en aquella Norteamérica les parecieron bobadas. Volvieron agradecidos del mero hecho de volver a ver a los suyos. Y quienes se batieron en Normandía, Sicilia o en el Pacifico trajeron la honra y el mérito consigo; de ello habla aquella imagen de la enfermera besando al marino en el Times Square, celebrando el final.

Ya con Corea no se corrió con la misma suerte; pero la desinformación, la optica parcializada y el feroz Macartismo lograron, si no la aceptación de la opinión pública, al menos el consentimiento. Luego se sucederían como cascada, las guerras infaustas; que dejarían legiones de veteranos que jamás lograron enderezar el rumbo, que no volvieron a pisar el sendero de la normalidad. Viet Nam provoco una crisis moral, política y social que aún persiste. Los reclutamientos forzosos, las drogas y barbarie no evitaron la desastrosa derrota que cambió la manera de pensar y de vivir. Luego el Golfo y Afganistán vinieron a constatar las mentiras de las armas de “exterminio masivo”; de que los muyahidines a quienes enfrentamos son los mismo que armamos y entrenamos para que hostigaran a los soviéticos y que después de todo: las cosas andan peor que cuando decidimos «arreglarlas».

¿Y qué vamos a hacer con nuestros Veteranos?, no sé; pero, por las estadísticas y las vivencias: sabemos que encuentran muchos escollos para enrrubar su vida laboral y social. Me parecen que son dos los factores que inciden en los altísimos índices de desempleo, marginalidad y adicciones; pero que se complementan entre sí: primeramente: su poca preparación o sus especialides militares, les relegan en la lista de candidatos a las oportunidades laborales y luego, la recurrente inestabilidad emocional que manifestan en patrones de conducta incompatibles. Hasta unir las puntas de un circulo vicioso de cual sin verdadera y profesional ayuda no podrán salirse. Y es hoy precisamente el día de ellos, que comenzó con el Armisticio que dio por terminada la Primera de las guerras mundiales: a las once de la mañana del día once en el onceno mes de aquel año 1918 ¡Casi un siglo y no hallamos la respuesta!, qué pena. Al menos es Mi manera de ver.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *