Rusia, la culpable

Hace unos días decía que los españoles han descubierto que los problemas con Cataluña es por culpa de los rusos; parece un chiste, ya que lo dije con sarcasmo, sin embargo es verdad: he escuchado a varios políticos y periodistas hablar de la influencia de Moscú en el recién intento separatista. Obvio, que ante el desconcierto, a la falta de una receta efectiva para al menos alargar la agonía de la secesión ibérica, aprovechan la ola anti rusa para demostrar la sintonía con gran parte de Europa y Estados Unidos en lo que ha sido hasta ahora el único paliativo a esa situación: la desaprobación de la Comunidad europea con “rabo de paja” y de la unión americana; que también tiene sus conatos de independentismos latentes.

Tratando de hallarle una causa razonada al constante hostigamiento a la Rusia de hoy, temida, despreciada y peligrosa desde siempre. Remontémonos a siglos anteriores y veremos que Europa nunca tuvo un día de paz mientras se repartían territorios y zonas de influencias como si de un mercado de trueque se tratase. Los embrollos dinásticos que creaban reinos e imperios le cambiaban constantemente las fronteras al Viejo continentes y para ello necesitaban alianzas y pactos. Rancios, civilizados y petulantes miraba con desdén a los rusos por su idiosincrasia y hasta por su ortodoxa fe, pero valoraban su valor y su palabra, a los que recurrían cuando necesitaban paridades en las correlaciones de fuerzas. Fueron muchas las ocasiones que Rusia terminó siendo traicionada con un espurio pretexto por algún aliado europeo. Tampoco, cuando fue agredida nadie salió en su socorro. Después vendría el capítulo de la Revolución bolchevique y a la vieja ya Europa se le sumó en naciente imperio norteamericano en la necesidad de aplastar al mal ejemplo. Se seguirían fraguando componendas contra la Unión Soviética hasta el punto de cuando menos hacerse de la vista gorda sino de ayudar y permitir el rearme alemán con las esperanzas de que Hitler lograra la hazaña que no lograron ni mongoles, tártaros, otomanos o el mismo Napoleón; vandalizar al gran país y repartírselos en parcelas. Fue horrorosa la Segunda guerra mundial y la Rusia como siempre se refirieron a ella, aun cuando era la URSS, sola y herida logró contener y luego derrotar a los nazis en Stalingrado. Y se repitió lo mismo de siempre y ya ganando le comenzaron a llamar “aliado”.

Con la victoria sobre Alemania vino la infamia. El “Plan Marshall” repartía dinero a raudales y compró voluntades hasta llenar de bases militares a la Europa orgullosa y se les cerró el narigón por donde le tiran desde entonces. Alemania fue reconstruida también y se le rearmó para que formara parte de la nueva alianza trasatlántica con el objetivo común de borrar de la faz de la tierra al “oso siberiano”.

Con la perestroika y Gorbachov se escribió el epitafio del “campo socialista” y para esa fecha “…las doce Europas se hacen una” como dice la canción de Amaury. Se había acabado el comunismo, pero se precisaba con urgencia un nuevo enemigo; pero cuál sería: Ya Europa se había consolidado como un bloque que parecía perfeccionarse. Con la Unión europea sin fronteras y moneda única se volvía un nuevo protagonista, en un ente a tomar en cuentas ya no solo en el mercado, también en las decisiones geopolíticas. Por tanto la entrada de los países de Europa del Este a la Comunidad tendría más tarde o temprano el efecto del “jabón en el potaje”. Desfasados económica, institucional y culturalmente con los demás, los antiguos países socialistas serian actores majaderos en el consenso europeísta cuando menos; pero pobres y sobornables, constituirían una “quinta columna” en la zona euro. “La vieja dama” se dejó engatusar y rauda y veloz corrió de la mano de los Estados Unidos, a acoger en su seno a los países huérfanos del Este y evitar que cayesen en manos de otros campos de influencia: como en latente “neo-otomanismo”. Y los americanos a consolidar la democracia con sus lanzaderas apuntándole al Kremlin.

Porque a la caída de la Unión Soviética a los EE UU se les presentó un nuevo dilema -más allá del arsenal nuclear ruso- lo que les genera pánico es posibilidad que un día Europa se despertase sin la preocupación de la existencia de Rusia, que pierda el temor inducido al ataque ruso, que son remotas posibilidades de que ocurra y que se dé cuenta de que la manera más efectiva de tomar el protagonismo mundial y dejar de ser coro. Es la alianza real y honesta con Rusia y constar con su músculo militar y sus enormes recursos naturales.

Pero la Unión europea parece herida de muerte y culpa a Rusia. El brexit que sacó al Reino Unido le ha dado brecha al cuestionamiento sobre la perdida de independencia de sus estados miembros. Los nacionalismos se están alimentados, además de la subordinación a Bruselas, también con la crisis de los refugiados de Siria y de los países de la llamada primavera árabe. Un bodrio de las políticas exteriores americana y británica y que el Viejo continente ha terminado pagando las consecuencias. De la marcada superioridad alemana y el liderazgo de la Merkel y de su papel avasallante cuando la reciente crisis económica que parecen inaceptable; más aún cuando Francia palidece entre glorias y añoranzas. Ya se plantean la necesidad de cerrar las fronteras; icono de la mancomunidad para limitar el libre tránsito de los terrorismo, y por qué no, de otros europeos inferiores.

Es por eso, que no hay nada de lo que hagan los rusos o dejen de hacer que cuando menos no recibiran un regaño de “Occidente”. Trump se pavonea en aprobar un presupuesto militar de 600 millardos para defender las libertades y culpan a Putin de afanarse a un militarismo feroz sólo con un décimo. Alemania va modificando sus restricciones constitucionales post-capitulación y ya hace sus pininos en el exterior mientras trata de condicionar la vida de Moscú. España haciéndose girones por la corrupción y el nacionalismo se ufana de patrullar fronteras por el Báltico en clara beligerancia “Otanezca”. Suecia ha vuelto a instaurar el servicio militar y la reacia Polonia es la incubadora de los mitos y estereotipos de la Rusia mala, agresiva y antidemocrática, de rencores de antaño desde cuando decidían por Moscú hasta cuando se viró la tortilla.

Pero Cataluña no es el único “huevo cambiao”; son muchos: además del país Vasco está Córcega; el Flandes belga, Bavaria, Escocia, Irlanda del Norte, Groenlandia… Y esos mismos que apuntan a despedazarse hoy: siempre, juntos o separados no han dejado ni un día de conspirar, de mentir, de boicotear, de sancionar, de provocar ¡Incluso!, de agredir e invadir a Rusia como hasta el día de hoy.

Entonces, llego a la conclusión de que quienes están en peligro son los rusos y que el Novel de la paz que se entregó a sí misma la Unión Europea fue un mero grito de guerra tras el  letargo de setenta años sin conflictos y pienso en la antigua Yugoslavia, en Serbia y en Kosovo. También de aquella vaina de: “Quien a hierros mata, que ni sueñe con morir a sombrerazos”. Al menos es Mi manera de ver.

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