Cuba, la Constitución y el refranero

El crédito de la Filosofía no parte precisamente de sus fundamentos y teorías vinculantes entre los fenómenos que nos rodean; no, está en sus interrogantes. Desde sus albores, a la Civilización le apremió en entendimiento del mundo circundante; precisaba hallarle la razón a su existencia; encontrarle asidero a lo inentendible que abarcaba su vista y de qué carajo ella –la Civilización- pintaba allí. El recurrente “por qué”, desarrolló el discernimiento, la observación y el cotejo de circunstancias. Así, se sucedieron tesis y explicaciones; creando las capas de argumentos de la estructura “geológica” del Conocimiento…, se sistematizaba el entendimiento. Por tanto: el fundamento es el parto natural de la pregunta.

Y con toda esta vaina me estoy llenando de valor para tirarme de pecho contra “la reforma a la constitución de Cuba”. Porque he “tocado a la puerta” de quienes tienen capacidad para metabolizar esa maraña del lenguaje, el tiempo y los criterios jurídicos sin éxito; he leído las “disertaciones de politólogos” (sí, porque, en tiempos atrás, nos alcanzaba con “compañero” ¡Ahora!, nos vienen de maravillas todos esos apelativos y pergaminos en el espejismo de la “sociedad civil”), tratando, al menos de encontrar en entrelíneas, algo que me instruya ¡Y sigo bota’o! así que, partiendo de casi cero, me haré mis preguntas:

¿Por qué se reforma la Ley Fundamental de Cuba?

Miro al Cielo en busca de claridad; pero no me queda de otra, que bregar con un par de tubos fluorescentes de 40 watts. Pero el instinto animal, arisco por naturaleza, me alerta de que pueda que no sea bueno lo que se cocina en La Habana. Y es para sospechar,  porque tenemos antecedentes históricos de pasarse por los güevos a la Constitución, cuando del trono se tratase. Y en Derecho, no exentos de matices; incluso desde mucho antes de la insurrección triunfante. La que más, que reestablecer la constitucionalidad prometida, se afanó en superar con creces los oprobios de marzo del ’52: desmontando piedra a piedra, todas las estructuras administrativa, política y productiva del país.

En el nuevo esquema de gobernabilidad todo, absolutamente todo partía desde las órdenes y orientaciones del Comandante en jefe, que justificaba un periodo excepcional por las constantes amenazas y agresiones a las que se enfrentaba el proceso revolucionario. Pero, a mediado de los setenta se decide a dar el salto a nuevas formas en la consolidación de la revolución socialista ¡que obviamente necesitaba una constitución socialista! Dicho y hecho: aunque mandaba y disponía a sus antojos, a Fidel le seguía faltando el reconocimiento institucional; no era oficialmente la máxima dignidad de Cuba y eso le causaba ronchas. Fue para febrero del ’76, cuando se regaló una nueva Carta Magna ¡Dictada por él hasta los puntos y comas! Con la nueva constitución acabaría con aquello de Primer ministro; a partir de entonces, el “Genghis Khan” caribeño sería investido como: Presidente del Consejo de Estado y (el) de Ministro. Comandante en Jefe de las fuerzas armadas -sí, aunque es generalmente correspondiente con la dignidad del cargo; en este caso, figuró como tal en la estructura castrense y con charreteras únicas. Y la condición de Primer Secretario del Comité Central y del Buró Politico del Partido Comunista de Cuba –Partido único, gobernante y “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”, puntualmente consagrado en el nuevo texto constitutivo ¡En fin!, que al líder de la revolución de los humildes; por los humildes y para los humildes les faltaron pendejisimas, para alcanzar a la mismísima la duquesa de Alba en la vaina esa de los títulos.

Ahora bien, esa constitución escorada a la línea dura de la orientación política-ideológica de la Revolución, defendió con fiereza la “propiedad social sobre los medios de producción -“que inobjetablemente tiende a consolidarse y multiplicarse en el proceso de la reproducción socialista ampliada”. Tal cual aseveraban los textos de economía política y, aunque provoque risas, es cosa seria”- fue aprobada en “referendo popular mediante el voto directo y secreto de cada ciudadano”. Y debe ser cierto, porque para la fecha se vivían tiempos de esperanzas optimistas y aun no habíamos despertado con la resaca del fervor revolucionario del ’59. Fueron tiempos de derroche; literalmente se botó la casa por la ventana, saturando a la Isla de las “conquistas de la Revolución”. Como he dicho en otras ocasiones: “la pasarela internacional de Fidel fueron escuelas, hospitales, las medallas olímpicas y el internacionalismo proletario”. La producción industrial estaba cayendo en picada libre y las zafras como reto ideológico se tornaron insostenibles –casi hasta la extinción- mientras el sector mercantil lleno de trabas y regulaciones carcomían a la sociedad casi imperceptiblemente mientras sobrevivíamos con el suministro de víveres, materias primas e insumos provenientes del Campo socialista. Pero ese status quo tocaría fondo con los cambios políticos que dieron al traste con ese bloque político de la llamada Europa del Este. El “desmerengamiento, término peyorativo y no exento de razón era contrapuesto a la firmeza de la Revolución, utilizado por el Comandante en su cruzada de “rectificación de errores y tendencias negativas”; cruzada que actuaría como antibiótico natural en el caso de Cuba para lograr mantener a flote su régimen político con un nuevo futuro promisorio. Pero la Unión Soviética se fue a bolina y no quedó otro recurso que retomar el asunto del Bloqueo -que ha existido y existe- que andaba por su tercera década a la sazón y al que no se le había echado mucho de menos ¡Desde entonces, Cuba es una isla!

A pesar de las aseveraciones de que era el mundo quien andaba patas pa’rriba, a Fidel no le quedó otro remedio que ceder,  y a regañadientes, comenzó con cierta apertura de su “coto de caza” de 110 mil km ²  a inversores extranjeros -inicialmente de poca monta o meros aventureros y oportunistas- y a la espeluznante alternativa de atraer a turistas; con el peligro y todo, de que más que plásticos y desechables, nos contaminasen con ideas exóticas; pero había recaudar las divisas que se pudiesen; al menos, para seguir respirando. Se vivieron años duros y llegamos a creerle a Willy Chirino de que “el día ya viene llegando”; pero el “benefactor de la patria” otra vez pasaría por encima de la forma de propiedad y del modo de producción consagrada en su constitución para hacer transacciones, permitirle al capital multinacional operar en Cuba y otorgar concesiones en “propiedades del pueblo”. Y cuando -solo cuando- lo extendió oportuno: convocó y conminó al Parlamento, “haciéndolo participe de los momentos trascendentales y en condiciones históricas excepcionales”; a aprobarles sus decisiones requeteunipersonales, en un genuino ejerció democrático a la cubana. Siempre acotado con la certeza de que: “eso se revertirá en educación, salud y bienestar para nuestro pueblo…” Y Willy quedó como un charlatán.

Obvio, que todo el sarcasmo lo saco del acervo retórico –coloquialmente, muela- que justificó y justifica la calidad de césar de quienes han promulgado y remendado constituciones; consagrando normativas e institucionalidades, para terminar brincado las talanqueras a sus antojos.

¿Cuáles son los cambios?

Cual pene en claustro de monjas, resultó la supresión del adjetivo “comunista” y de ello la algarabía por la renuncia –por ley- a la entelequia de la “sociedad comunista”, tal cual reza en el artículo V de la “cosecha del ‘76” ¡Nada más fatuo!, un mero ejercicio de distracción para un país abocado al despeñadero. También se ha hecho mucho ruido con el resurgir de la empresa privada. De que ahora sí, que ya la constitución reconoce la coexistencia de la empresa socialista y la privada, etc. Pero en las condiciones reales de Cuba marcan otra pauta: primeramente, la dependencia estatal, cual cordón umbilical en la adquisición de los insumos e inventarios para cualquier actividad comercial, de servicios o manufacturera es total. Aun así, se tiene que lidiar con la escasez, la irregularidad y las calidades y, seguramente con las tres a la vez; pero que suelen transarse a precios especulativos que gravan al producto final o servicio; lo que inexorablemente conmina al empresario a buscar alternativas logísticas ¡Y es ahí cuando comienza a caminar al límite de la legalidad! En segundo lugar, los de carácter subjetivo: en la arraigada cultura de convivencia de “sacarse un ojo pa’ver al otro tuerto” y del miserable afán de ver al prospero en la pobreza y no a la inversa, se crea un escenario susceptible a la envidia y a los conatos de desigualdades. Es aquí cuando las autoridades actúan ¡Y sacan de la manga su As!, el de las figuras delictivas del contrabando o la receptación. Creando el espanto del inversor o limitando la cuantía de la inversión por meras precauciones. Porque a cualquier proyecto de emprendimiento, más que el ordenamiento jurídico, lo que le interesa es la real garantía a su dinero. Y eso no lo garantiza Cuba.

De otras cosa que he oído algo es en cuanto a la “libertad de prensa”, que creo que en las condiciones actuales de Cuba, eso es un tema secundario, aunque es bueno que exista el foro natural de opinión, crítica e información en los Medios. Y créanme, que detesto a los periodistas y estoy convencido que la libertad de expresión –aquí y acullá- está canalizada con la línea editorial de los propietarios y que la opinión pública es el criterio visceral de un individuo con acceso a un medio masivo de comunicaciones. Con esto –que también es visceral- estoy matando a “dos pájaros de un tiro”: es preferible un individuo destilando roña, manipulando el suceso o marcando tendencia –claro está, que responda por lo que afirma o alega-, a la reproducción con puntos y comas de las noticias enlatada en la sede del Partido o en la Casa de gobierno. Pero, repito, con tantas mierdas que hay que resolver en Cuba: lo que diga un periódico o estación radial no lo creo sustancial.

Y por último de cuanto sé ¡Los cargos!; justamente por ahí comenzó el eufemismo del control del pueblo en detrimento de los intereses oligárquicos, con la desaparición de los cargos electos, en la medida que el Caudillo, a punta de dedo designaba a los nuevos funcionarios y les definía su denominación y prerrogativas. Ese fenómeno, según los conocedores, trajo desfase en la nomenclatura –al menos occidental- de la administración. Ejemplo: “el alcalde de Tarragona sostuvo conversaciones con su homólogo, el Presidente de la Asamblea Poder popular municipal de Alquizar para firmar un acuerdo de hermandad entre ciudades….” ¡Jodé tío!, que no se firmó ni hostias. Entonces esos conocedores de quienes les hablo, achacaron el fracaso del entendimiento a la denominación del cargo y no a las prerrogativas que también fueron estipuladas por el Comandante. Por cuanto, el alcalde de Tarragona tiene autonomía y atribuciones: unas, amparadas por constituciones y otras por disposiciones municipales ¡El de Alquizar!, ni pinta ni da color. Así de sencillo.

Claro, pretendemos volver a alcaldes, intendentes, concejales, gobernadores ¡Primer ministro! Y eso es bueno, porque es bueno que nos queramos parecer a los otros; pero volvemos al dilema: no es la forma, sino el contenido. Después de eternidades en el poder, se estipuló no más de un segundo periodo de cinco años en el puesto. El abarrote de cargos de Fidel y de Raúl ya no más: en ésta nueva etapa, y alegando mayor eficiencia en el desempeño y el descongestionamiento de las funciones, tendremos a: un presidente de la república, un presidente del consejo de estado, otro del consejo de ministros y un primer secretario del Partido. Entonces en donde desde siempre fue uno, ahora se necesitan cuatro. Lo que no tengo claro es si desaparece el vicepresidente de la república o si convivirá con el primer ministro. Dicho así, se ve más bonito que antes; pero cuál es el real alcance de sus atribuciones; hasta dónde podrán llegar -y hablo del premier, gobernadores y alcaldes- con la tutela del jodío Partido.

¿Quién o quienes intervienen y pautan su alcance?

Se pensaría que un equipo de constitucionalistas, catedráticos y no sé cuantos más serian bueno o necesario. Con fundamentos objetivos y conocimientos de causas les darían un enfoque balanceado: regulador, flexible, actual, perspectivo, incluyente y protector; que absorba a los cambios sociales, morales e incluso, tecnológicos que está volcando al modo se ver y percibir la sociedad, la ley y el derecho. Pero: “verde y con puntas, guanábana”, reza la sabiduría popular ante el escepticismo, de a qué atenerse. Y no es para menos, veamos:

“El General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, encabeza una comisión de 33 diputados que representan a todos los sectores de la sociedad, que les dan una visión heterogénea, desde las ciencias, a la redacción del anteproyecto a presentarse ante la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP)…”

Retomando al acervo popular: “no se puede amarrar al perro con salchichas” aseveran otros y todos tienen la razón; porque sí algún mérito tiene Raúl, es que nunca le perdió ni pie ni pisada a su hermano. Por ende, es coprotagonista o al menos testigo de todo, absolutamente todo lo que ha ocurrido en Cuba en los últimos ¡65 años!, desde la consecución hasta la consolidación del poder. Sí es verdad que desempeñó un papel secundario en la estructura y organización del gobierno –porque para nadie es un secreto de que el “bacalao lo cortaba” Fidel-, no dejó de ser el segundo en todo. También es verdad que Fidel era Fidel y los demás, el resto; pero Raúl siempre fue el primero del resto hasta alcanzar las jefaturas del Estado y gobierno por los últimos diez años: por lo tanto ¿Qué puede salir de esa “comisión”?

A ratos me sorprendo diciéndome: “coño, nada te acoteja”, sí; pero me espabilo aferrándome a la lógica: cuando hablo de “… amarrar al perro…” es una verdad absoluta. Raúl no permitió ni siquiera tocar el sacrosanto papel del Partido, del maldito partido que no es otra cosa que la voluntad de Fidel antes y Raúl después y ahora con un ejército de peones; pero, volviendo a los refranes, aquí va otro que se cumple al dedillo aquello de: “el que parte y reparte, se queda con la mejor parte”. Quedó en una posición privilegia como jefe de la “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Ahora, sin responsabilidad ejecutiva, se dedicará a socavar las gestiones de todos los demás, desde la bancada de la “oposición critica revolucionaria” y chantajear con el veto y la destitución a posibles descollantes desde un promontorio inquisidor. “Habemus Ayatola”. Además, era de esperarse que las modificaciones serian cosméticas. Hurgar mucho en la Constitución actual, ya remendada a cuenta gotas socavaría la estructura del poder, estimularía la competencia al Partido único, abriría el abanico de derechos individuales y realmente políticos de sus ciudadanos y terminaría siendo un mea culpa por el desastre económico, social y moral. Aunque, el dedo acusador apunte directamente a Fidel, no podemos obviar que Raúl se cuece en la misma salsa.

Además, otra lógica cubana: en el escenario de 33 más otro o 32 y uno más; como lo queráis plantear, en nada incide sobre el resultado, porque se repite la premisa del primigenio “otro” o “uno más” sobre el colectivo o mayoría. La evidente influencia del líder sobre un comité de aplausos y refrendación o la interacción entre macho alfa-resto de la manada. Y en las circunstancias actuales de Cuba, nadie puede esperar otra cosa que no sea el ensalzamiento de la figura de Fidel, el papel del Partido y firmeza heroica del pueblo (esto último, lo único cierto en toda esa mierda).

Es verdad que se crearon las expectativas de “flexibilización”. Incluso, por una cuestión de egos: en cualquier comparación con su hermano, Raúl siempre llevó las de perder: desde el coeficiente intelectual, la oratoria o de la mismísima personalidad; pero, ya desaparecido tal punto de referencia, era de esperar que no quiera trascender como el eterno e inveterado segundón y que viera el filón de gloria, vendiéndose como el modernizador de la Revolución. Desde el inicio de su mandato vino coqueteando con “las aperturas” sin mucha bulla y nadando entre dos aguas, para no despertar al lánguido Comandante: “(…) dejar atrás el lastre de la vieja mentalidad y forjar con intencionalidad transformadora y mucha sensibilidad política la visión hacia el presente y el futuro de la Patria, sin abandonar, ni por un instante, el legado martiano y la doctrina del marxismo-leninismo que constituyen el principal fundamento ideológico de nuestro proceso revolucionario”. Hoy va más allá –en eufemismos- está creído, de que hablar de empresa privada, de iniciativa privada y emprendimiento le da el boleto a la posteridad (sigo hablando de Raúl); aún aferrado al papel del Partido, porque se entiende: que no le es fácil, sacar de sopetón las patas del charco en el que has vivido prácticamente toda la vida; pero un partido más flexible, maleable a las nuevas circunstancias. De otra manera, debería importar un carajo, el carácter socialista del sistema político, económico y social, sí llegase el día en que dejase de ser como Partido “el palo de cañá” que obstruye y desvía el cauce natural del desagüe. Porque al individuo generalmente le importa un bledo si gobierna un presidente, ayatola, rey o sultán mientras tenga la libertad del emprendimiento; de probar suerte y mantener la esperanza de una vida mejor y palpar el fruto de lo alcanzado por su talento; por su trabajo; por sus cojones o por su suerte ¿En la práctica, cuantos “miran pa’rriba” en China o Vietnam? Seguramente pocos cuando el gobierno se dedica a algo que no sea joder.

Y hablando de joder: no jodan más con la máxima martiana de que “la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. Al menos es Mi manera de ver.

 

 

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