Viaje a Cuba

Me faltaron solo semanas para la friolera de ¡nueve años sin ir a Cuba! Pero ya de regreso se me hace insoslayable el mero Balance del suceso: ejemplifico mi experiencia con las escenas de cualquier película de ciencia ficción: cuando la nave atraviesa una dimensión desconocida: así, literalmente resultó desafiar la curvatura del espacio del estrecho de La Florida. Brincar desde el alarde de instalaciones y tecnología del aeropuerto de Newark hasta los confines de la terminal # 2 del aeropuerto José Martí en La Habana. El tratamiento del personal de New Jersey, entrenado en la sospecha y todo el aparataje de seguridad, puede parecer hasta hosco; pero llega a ser profesionalmente amable. Nada que ver con la desazón que sientes en aquel cuchitril habanero, a merced de los imponderables de las cosas en Cuba. Después de caminar más de un centenar de metros, llegas a un local con solo, una media puerta abierta. Un amplio salón caluroso, ridículamente amueblado y equipado; con más funcionarios que pasajeros que se dividen en dos: los que te ofrecen “servicios de beneficios en los trámites aduanales y celeridad” y los que te hacen ver la conveniencia de ceder en la extorción. De aquel local de piso percudido y paredes llenas de póster con las bellezas que ofrece Cuba; pero que esconde el alma de los servicios, salimos ilesos: al parecer a la funcionaria que inicialmente nos abordó, le resulto más atractivo algún requetesobrepesado, que nosotros que nadábamos con la línea de flotación a la vista. El olor a gasolina cruda, el polvo y un enjambre de automóviles de todos los tipos, marcar y procedencia se te vienen encima y te atosigan por más que expliques tanta veces que de que “vienen por ti”.

¿De Cuba?, me enredé las patas, tratando de describir lo que vi y viví. Ya les hable del aeropuerto, lo demás que vi fue el estado calamitoso de todo ¡Vi, hasta en los lugares emblemáticos de La Habana, lo feo! Entre la restauración de bellas obras, inmundicia; entre las excavaciones y trabajos arqueológicos, churre; en los icónicos bares y restaurantes, mugre; en las calles y avenidas, baches; en cualquier esquina, basura ¡Que también lo vi en el trayecto hasta Las Tunas!, la diferencia es que en las ciudades provincianas el choque suele ser menos traumático. Ninguna les hiso sombra a la Capital en tamaño, arquitectura o desarrollo; ninguna vivió los tiempos de esplendor que vivió La Habana; a ninguna –incluso en el mundo- se le dio un malecón así; nadie más en Cuba tuvo tales monumentos, tal bahía, tales paseos y calzadas; tanto glamour ¿La sociedad? Descortés e inculta. No en decadencia, ya decaída, tocando fondos y tan insolidaria cual manada por hacerse un lugar en el abrevadero. Cartelones y muros con eslóganes revolucionarios, realzando las Ideas de Fidel ¡Y por supuesto!, ahora también de Raúl; pero, la realidad golpea la jeta.

Ya en mi terruño: encontré a mi familia bien; viviendo con decoro y sin sacarse un ojo pa’ver al otro tuerto y felices por nuestra presencia. Me enteré con tristeza en unos casos, y asombro en otros de los que ya nos dejaron. La noticia a quemarropa de los fallecidos aun “pintones” me caló más allá del casi gutural ¡¿No joda?! De gente contemporánea o más jóvenes; a los que, hasta ese momento no les eché de menos; pero que después de la infausta noticia, me enredé en la madeja de recuerdo, de encuentros o desencuentros; hasta caer en cuenta de que no fueron tan ajenos ná. ¿De los más viejos? Que de la generación de nuestros padres ya pocos les sobreviven, que los añejos troncos. Los pivotes a los que nos asimos –sólo cuando teníamos el agua al cuello-, ya nos dejan la tarea y experiencia de lidiar con jóvenes fatuos, petulantes y desagradecidos, renuentes a escarmentar por cabeza ajena. Los venerables veteranos –que ya, incluso suelen reconocernos por la voz o por quienes somos de quienes- nos conminan a calzar los coturnos y subir a las tablas. Ya comenzamos a interpretar a los “tembas” en el hemiciclo.

También me dolió de sobremanera, hasta arrugárseme el alma, ver a gente querida enfermas, lidiando con procesos degenerativos o dolencias crónicas con la “enfermiza tozudez” de la incultura de enfermos o con la plena conciencia de que empeoran sus padecimientos; renuentes a aceptar de que: la vida les está pasando la factura de las hazañas y excesos de ayer. En los zapatos me metí; de quienes el alcohol, mordida a mordida le va dejando cicatrices en la mirada y en el cuerpo de convivir. Y desde esa hipotética perspectiva y sin deudas con Creadores ni ofrendas incumplidas; me supe afortunado del giro que le dio a mi vida el “sorteo de visas”. Tratando de justificar mi ausencia con que no había soltado los remos ni por un instante en casi una década o con que las crisis económicas y políticas agrietan murallas y que nos hacen vulnerables. Así y todo, que allá no llegue a aquilatarse lo mucho que hay que trabajar para alcanzar la estabilidad acá. Estabilidad conscientemente frágil; pero que ofrece algo de paz y seguridad ¡Obvio!, que nos les hice sentir culpables; pero, yo en su lugar, ya tenía la misma suerte echada.

De cómo encontré y dejé a Cuba lo resumiré en par de contradicciones:

Las petulantes mentes capitalinas –por lo general en el Tercer mundo- tienen como carta patrimonial valedera, la condición de ser -por lo general- de la principal ciudad del país y el rostro de toda la nación; es el capital intangible que le eleva la barbilla para mirar con desdén al “del interior”. Y no me quedó de otra, que reírme con amargura: porque es precisamente, el hecho de ser habanero lo que los condena a convivir con la mierda. Justamente es la suerte de habanero, al menos, el de hoy. Y me sentí tan decepcionado que llegué, conscientemente a preguntarme: cómo puede alguien vivir entre tanta, tantísima mierda, churre, mugre, basura o todas las anteriores juntas.

La Revolución esgrimió el concepto de Dignidad como antídoto a todas las dificultades y en cualquier escenario, hasta prostituir esa elemental cualidad al suprimirle al sujeto cualquier patrón de comparación, degradando la existencia del individuo en mera pervivencia. “Dime de que presumes y te diré de que careces” parece ser hecho a la medida de esta Cuba. Un grotesco sarcasmo.

Si, tú te das cuenta y muchos también me lo hicieron ver: que yo soy el que he cambiado. Y esa es la suerte, que pude cambiar, crecer. Que hoy soy un proletario con otra visión; pero que no atino a otra para calificar aquella vida, aquel modo de convivencia, aquel país de rabo a cabo que: MIERDA. Al menos es Mi manera de ver.

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