El acompañante

El tráfico se va complicando en las inmediaciones de la rotonda de Bayway. Él estiró el cuello y se ladeó hacia su izquierda aferrado al volante; pretendía ver un poco más allá de los tres o cuatro autos que le anteceden en fila: “no creo que sea “peo que rompa calzoncillos” pensó. Se sentía sosegado y con su idea, fija entre ceja y ceja; además, del tiempo ¡de todo el tiempo del mundo! De pronto comenzó a avanzar y parecía que la circulación se desenredaba; pero por no más de una treintena de metros. Nuevamente fueron a cuentagotas los tramos adelantados. Los autos ya aglomerados sobre los accesos de la 1&9, atizaban al anarquismo. El circulo vicioso de no ceder y las pretensiones de ser primero en nada contribuían a la solución. La voz de los impacientes se escuchó: las estridencias de la sinfonía de cláxones, aturdían. Pero él sigue inmutable, su objetivo: el Seabra’s, un mercado portugués al otro lado de la citada rotonda. La fabada va ¡cómo sino!, -“vamozz” tío, que me la he “paza’o”, media “mañaa”  estudiando recetas en la Internet ¡jodé!- Se desternillo, sus carcajadas desinhibidas resonaron en la soledad de su auto. A mitad del contratiempo se mofaba de los españoles por su peculiar hablar. Con tal acento y mis destrezas en el fogón, no habrá un  cristiano que dude, de que soy “jodío gallego”. Así de tamaña era el entusiasmo y la certeza de que sería un “palo”; de que no había maneras de que no. Le cede la oportunidad de incorporarse a un Corvette que viene por la South Broad Street, y el culo del emblemático deportivo les disipa sus anhelos culinarios. Es de una edición de los ’80 ¡cuando más temprano!; pero, para su embeleso le es igual, porque es uno de los automóviles más bellos que se hayan concebidos: de gris plomo a cenizo carbón le va el color y cualquiera pensaría que es a propósito: que parece ir a tono con la cabeza canosa del conductor y probablemente: su único dueño ¡Con esa metralla, hasta una chancleta tiene que quedar buena!, se jactaba de todo lo que acompañaría a sus alubias ya en remojo: chorizos, morcillas, panceta, lacón, … ¿Portugueses, no gallegos? ¡Bah!, son la misma cosa.

Quedó perplejo: en el embotellamiento e ensimismado en su guiso, no le había resultado alertador la insistencia particular de una corneta, hasta que reparó en que, el viejo Corvette se había esfumado y por poca cosa, casi se iba de narices contra una carrosa fúnebre. Ahora, un Cadillac en todo su luto lo enjaulaba entre otro Nissan Rouge, al que logró distinguir por el retrovisor. Sintió vergüenza y por más que trató, tardó mucho en lograr meterle la “cañona” a los vehículos de su derecha. Blasfemó e insulto a los “indolentes”; se sintió avergonzado y en deuda con los afligidos; ¡en semejante trance y en tal desgracia! Su ira no fue cicatera en sus demostraciones contra los desaprensivos que pululan éste universo. Pero la realidad era otra y de pronto se vio emparedado entre dos circunstancias embarazosas: la caravana fúnebre seguía atascada sin él y los demás conductores lidiando con el desbarajuste de la movilidad;  además, de personajes como él. Ya no más desatinos, se dijo ¡Total, es que todos: ecuánimes e intolerantes estamos en el mismo barco! Luego sabría que el origen del taponamiento sería por algún incidente en el acceso a Elmora Avenue. Y se olvidó de sus improperios y se dedicó a lucubrar atajos. No dudó en seguir por la 1&9 sur, hasta la calle anterior a la Park y bajar por la Fay. Ya sólo era una cuestión de salvar ese pedazo: de más o menos, media milla.

La morcilla no le viene mal al cocido ¡sí!, sólo que no hay que darle mucha candela, porque tiende a ranciar; con dejarla que se calienten con el caldo bastará. Nuevamente se vio apareado a la carrosa fúnebre y no demoró mucho para que estuviesen ventanilla a ventanilla los dos vehículos: ambos negros y de igual modelo; él se aferró a mirar al frente mientras la compasión le embargaba; se compadeció de tal situación: por demás dolorosa, ridícula. Se imaginó la angustia en el duelo de aquel cortejo. Unos con el dolor a cuesta y otro “cumpliendo”; pero todos atrapados en lo más recurrente e impredecible que tiene nuestra cotidianidad: el tráfico vehicular. Se consoló sacudiéndose las culpas de encima y echándoselas al embotellamiento. Además, alguien en tales situaciones no debe haber reparado mucho en lo ocurrido y no le faltaba razón; sólo él se las había tomado tan a pecho.

Desde su posición, él logró ver las luces intermitentes de carro fúnebre que marca el paso, también al Nissan gemelo a su lado, indicando la continuidad de la caravana; pero a ninguno más. Giró la cabeza tratando de ver, más allá de sus retrovisores, cuán desperdigados se encontraba el séquito ¡y nada! Entonces reparó en el vehículo a su par: conducido por una mujer, quizás cuarentona o más y a su lado, a una anciana visiblemente compungida que manoseaba nerviosamente, algo que debió ser un pañuelo.

El tráfico debía descongestionarse a la altura de la Park y la velocidad de circulación tendría a normalizarse. Él, tentado por la curiosidad, obvió su plan de contingencia para continuar por la misma ruta. Efectivamente, a partir de aquella avenida comenzó a fragmentarse el pelotón. Al féretro, sólo le seguiría el otro Nissan; él los observaba  en su trayecto hasta BJ’s; desde donde pensaba luego, bajar por Linden Avenue. El albergaba la esperanza de que el resto de vehículos, alcanzasen a la avanzada y restructuraran el cortejo. Se ladeó hacia el acceso al almacén de abarrotes y se percató de que no tendrían mucho margen de maniobras, los cementerios estaban frente a él: uno a cada lado de la misma vía. Se detuvo justamente sobre el triángulo que delimitan los senderos de entrada, de salida de establecimiento y la propia 1&9. Vio alejarse al par de autos y por su retrovisor, a un segmento de la carretera casi despejada. Sintió pena, mucha pena y recordó el rostro de la atribulada anciana.

Aceleró más de lo habitual y en una maniobra temeraria e irresponsable se incorporó a la senda central de un tirón. Logró alcanzarles justamente para el giro en U, en el semáforo sobre Woodlawn e incorporarse a la maniobra; un cuarto de milla sobre la senda norte corrieron los tres autos hasta la entrada del Mt. Calvary, uno de los citados cementerios en la jurisdicción de Linden. La señora madura, la conductora no reparó mucho en el carro agregado a la comitiva mientras ponía todo su empeño en velar los pasos de la anciana. Dos empleados sacaron el ataúd del vehículo y lo pusieron sobre el promontorio resultante de la excavación y se hicieron a un lado. Pasarían no más de diez minutos: en silencio, sin gestos ni movimientos. La silente ceremonia continuó a la señal de la mujer madura. Los sepultureros, con muchas mañas y no pocos esfuerzos, depositaron el sarcófago en el fondo del foso. De los dos, uno se subió a una retroexcavadora amarilla, justamente detrás de la lápida: con sus estabilizadores emplazados, como si de abrazar el sepulcro se tratase. Tampoco tardó mucho en que tuviese terminado el trabajo. Ya la carrosa se había marchado y ella, la mujer madura, depositó el par de coronas de flores que acompañaron al difunto en todo su recorrido. Él creyó sentir el crujido del alma de la anciana exhalando un único suspiro. Ella, la madura condujo a la vieja hasta el auto y en su afán de alcanzar su puerta de conductora, tropezó con la vista de él ¿Tres; ocho? ¡Total, no importan!, fueron segundos con visos de infinidad, hasta que ella asintió con su cabeza, antes de montarse en el carro. Ya bien entrada la tarde regresaría a casa, resignado a postergar sus alardes de chef.

En la santa paz del hogar, los acordes de “Morning Glory” parecieron estridentes ¡Alo!, contestó él elevando el entrecejo; observó nuevamente su teléfono antes de dejarlo sobre la repisa, luego de un encogimiento de hombros

-¿Quién era?- Le preguntó su esposa.

-No sé- respondió él.

-Pero qué te dijo- inquirió ella.

-Thank You- Acotó él con una mueca de asombro.       

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