Tim, Zecé y yo.

Sí la pubertad no le jugó una mala pasada –como suele pasar-, rubito y vivaracho; llevaba las credenciales de un auténtico “good-looking guy” asomándosele en la mirada. Aquella tarde: él acaparó la atención de sus compañeritos de aula, de muchos de su curso tal vez. Exultante (él) me abrazó por la cintura, o quizás un chin más arriba; pero no creo que le alcanzase para tanto. En medio de aquel enjambre, dejó escapar sus anhelos “es mi papá”; para inmediatamente -como suele pasar a esa edad- zafarse de su asidero y correr con la turba hacia un campo de Pelota contiguo a la escuela, con visos de potrero. Tim Jorge, es el chico de quien les hablo: con nombre de apellido y nombrado con un mote, en sus apenas diez u once añitos no me dejaba otra opción que la del infame papel de destino a ninguna parte de sus esperanzas. Juro, que sentí su corazoncito, galopar sobre la hebilla de mi cinturón ¡Y mi palabra, va a misa!

“…se cierra un ciclo, culmina una etapa laboral, que ha de servir como cimientos para nuevos proyectos de vida,…”. Así, con circunspección académica serían las conclusiones de cualquier informe que se rindiese al respecto o las cordiales palabras de “despedidas” a alguien relevante, augurándole éxito. Pero no creo que mi situación le interesase a mucho, tampoco la suerte de muchos, a mí. Los astros alineados en tiempos de bonanzas, se habían desperdigados y no me quedaba de otra, que el regreso como alternativa viable. Volver a casa traería –y las trajo- visibles consecuencias; sí bien, en mí caso, no precisamente se ceñía a parábola de la “oveja descarriada” de los Evangelios. Al seno del hogar llegaba un pedazo de hijo pródigo, al que le había resultado relativamente fácil: hacerse la vuelta; en cambio ¡el camino escabroso!, partiría desde ahí, y abrirme paso entre mis coterráneos no sería tarea fácil. Agobiado en la coherencia de mi discurso; un guion lleno de omisiones, exageraciones y rayano en la petulancia, para no parecer que regresaba “machucao”; seguramente me distrajo más de lo debía en mi enfoque primordial: afincarme en mi nuevo sustrato, que paradójicamente, era mi sustrato natural ¡Pero sí!, las cosas cambiaron a la distancia de un centenar de kilómetros, y pareciese que no se hablaba el mismo idioma o que las mismas estructuras empresariales fuesen diferentes o que las gentes reaccionaban a otros estímulos o ¡qué sé yo!

Zecé: delgada y cabello cuadrado sobre el hombro conservaba las pecas que Tim no pudo arrebatarle cuando el embarazo. Rebelde desde chiquitica y de grande, prisionera de sus resentimientos: hablaba con amargura de su padre: un tracatrán, dando como sus méritos a las prebendas del cargo. Con su madre no le iba mucho mejor; cuando menos, la tildaba de alcahueta de su marido y oronda entre las pacotillas que él le traía en sus recurrentes viajes al extranjero. Menos consuelo encontraba en su hermanito: consentido, acaparador y “quinta columna” sin recato siguiera. Sola lidió en su mundo de contrasentidos: en su cruzada, embistió contra los gruesos muros “de familia de bien” y convivencia de su hogar. En épocas de cuchicheos y de qué dirán, arremetió contra su propia “virtud”, y los daños del prolongado asedio, llegaron hasta su cuerpo. Arisca y terca, se creó un patrón de interrelación sobre su realidad, seguramente distorsionadas, hasta llegar a un punto sin retorno. Y para cuando, ya era una mujer divorciada y empeñada en sacar adelante a su “mi vida”, al jovial e intranquilo Tim. Andándoselas de desvelos en desvelos no exentos de sufrimientos y mortificaciones; pero jamás, quejosa de su “destierro”, no menos traumático: que en los destinos allende los mares. -como suele pasar con una capitalina, obligada a buscar su guarida fuera de La Habana-. Risueña, cariñosa y con el “vetepalcarajo” en ristre, sorteaba la condición de madre soltera y encaraba, la jodía encomienda de ser “madre y padre a la vez”. Creo que alguna vez fui más útil como hombro, que de hombre. Así, sin la puta idea de empatías ni catarsis, me llené de roñas por ella, y me hirvió la sangre y me imaginé: de lo que sería capaz sí me topase con alguno de ellos ¡Así de justiciero y solidario, suele ser es el amor!

Esto es el colmo ¡a mi “Pepe Grillo” se le ha olvidado cómo llegamos a ésta historia! ¿No te acuerdas, no? Fue aquella noche de celebraciones mías, cuando por sus costas recalé: el triunfo de Santiago sobre Industriales para llevarse el campeonato a casa era más que un motivo; aunque yo no soy santiaguero, disfrutaba como provinciano cualquier descalabro capitalino en el béisbol ¿Ella, Zecé?, creo que vacacionaba. Hubo química, cómo dicen los conocedores de cosas del corazón o en los programas de farándulas, y la cosa se dio y nos complementamos ¿Qué, que más? Ná, que sin muchas o ningunas responsabilidades: ataviado con lo mejor de mis humores, parecía “caído del cielo” con ese hombro que a veces precisaba más que nada dispuesto y mi mano extendida. Abandonado a mi suerte por los astros, el desenfreno claudicó ante la pereza y la distancia se hizo real. Luego sabríamos que el idilio sería a retazos y con fecha de caducidad ¡Tal fue así!, que el tiempo nos alcanzó, hasta no lastimarnos.

Veinte años después, las cosas están “igualiticas con veinte más”: A Tim, su reloj biológico le dijo no más a la secreción de somatotropina y lo declaró: adulto ¡Dime tú!, yo que guardo aún en mi cerebro la «diapositiva” de aquel “hijaputin” encantador. También sé, que no le alcanzó la paciencia para terminar la escuela y se las está “buscando” en algún lugar de Norteamérica ¡Y seguramente, sin ideas, de quien puedo ser! Zecé, desarrolló una suerte de síndrome de Estocolmo con su “destierro”. Regresó, se sintió ajena en su Habana y se hizo a la vuelta. Su anatomía asimiló sus roñas y resentimientos como una parte del cuerpo más sin tenerlas todas claras con el embrollo ese de las misericordias y las gracias !Ni yo! me aventuro al fallo, de quien debe perdonar o ser perdonado. Y de la paz que tanto procuramos ¡nada que hacer!, o al menos mientras su “mi vida” se gane la vida en la “cuerda floja”. Y yo, antes que ahora: muerto, llegó a faltarme el aire cuando no encontraba la salida; pero no me rendí hasta ver la lucecita al final del túnel. Eso no le sirvió de nada a Tim, pero mucho para encarrilar a mi prole mientras organizaba mi vida, que ya no tengo. Es verdad de que yo, nunca regresé; pero me costó mucho trabajo: no mirar pa’trá.

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