Bancarrota, traumas

Aquel lunes parecía a pedir de boca; amaneció como si los pronósticos del tiempo, las advertencias de las autoridades y la secuencia de imágenes en los noticiarios, fuesen cosas de otros mundos. Los meteorólogos actualizaban sus predicciones y mostraban el curso inmediato de la tormenta que se avecinaba al área de Nueva York y sus alrededores; pero  tendríamos un lunes de buen tiempo, y la certeza que arrancar con buen pie un lunes, augura una semana formidable.

Pero, el lunes también tiene sus cábalas: ¿Quién no ha padecido de la pereza del lunes?, de ese estado de animadversión a tal día; que se ha vuelto folclórica o del karma de los mercados financieros: lunes es el día preferido para el desastre de las especulaciones bursátiles, que en la resaca de sus borrachas de infalibilidad, son vulnerables tras cualquier  fin de semana de desenfrenos.

Y habrá muchos otros ejemplos; sin embargo, al onceno día de febrero no se le achacan reminiscencias ni predisposiciones esotéricas. Por tanto, con persignarse bajo de dintel de la puerta de salida de casa, nos alcanzaría para estar a buen resguardo; pero, juntas, terminaron por tendernos la celada ¡Quién lo diría!

Así, de despreocupados nos fuimos incorporando a nuestras labores rutinarias, y nada fue distinto al lunes de un ordinario lunes…, hasta que los rumores se fueron confirmando y los rostros desencajados se hicieron multitud. A las preguntas nos respondíamos con las mismas preguntas y con una ensarta de muecas y encogimientos de hombros. El desconcierto cebó a las mil hipótesis y el sinsentido se nos hiso lógica… Ya de viernes y las esperanzas hechas trizas aguardábamos por un milagro: al superhéroe -al mero estilo de Hollywood- que irrumpiese en la escena de caos y salvase la situación. Pero no apareció y la sala quedó muda, observando como en las viejas películas del Oeste: al vaquero, que se aleja galopando, mientras, desde la lejanía viene a nuestro encuentro, agrandándose y agrandándose la palabra “Fin”.

¡Nuestra empresa!; la gigantesca compañía; con liderazgo en el mercado; omnipresente en el noreste y la costa atlántica. Y con el concurso de sus pares, que conforman el grupo Shevell, extendieron sus tentáculos a otros confines de la Unión. Por lo que resultaba –desde nuestras perspectivas- impensable que: recurriera a un recurso de amparo frente a sus acreedores; ahogada en sus galopantes gastos y se acogiera al capítulo 11 de Bancarrota. New England Motor Freight ¡Se iba a pique! 

¿Pero qué pasó? No lo sé; pero, voy a tratar de desenredar el carrete de la película, en la que aparezco yo. No voy actuar como profeta desoído ni como cronista de desgracias. Voy a pensar en voz alta, y desde mis suposiciones, especularé:

Yo, hablaré en primera persona: nací, crecí, me eduqué y trabajé por treinta años en Cuba. Conocí de cerca los males crónicos de la gestión empresarial en la “economía planificada”; la de los preceptos filosóficos de: “de la propiedad social sobre los medios de producción…”; “de la reproducción ampliada…” y “satisfacción plena de las necesidades siempre crecientes…” y encuentro muchos paralelismos con New England.

  • Lo primero que nunca logré compaginar fue, la condición de cuartel general de la compañía y por lógica: del Grupo; por albergar el despacho del propio dueño, con semejante cuchitril: mal distribuido, sucio y deteriorado; sin ápice de distinción corporativa de su sede en Elizabeth. Con más de barrios marginales, insalubres y lúgubres que de líder en el sector.
  • Que las cosas funcionasen mal en las empresas socialista se le atribuye a su carácter “social”: que lo supedita toda a criterios políticos; la administración a corrientes ideológicas y se crea un bloque impenetrable y asidero de la apatía del colectivo de trabajadores: en el compromiso, en la calidad,… y en la satisfacción al cliente. En New England las cosas no han sido distintas a pesar de convivir (al menos nosotros de la terminal de Elizabeth) con el mismísimo ¡dueño! Que implica por lógica a la veracidad del proverbio castizo de que: “al ojo del amo, engorda el caballo”; la desidia de la fuerza laboral es proverbial. Y en cuanto a lo político tendríamos mucha tela por donde cortar: En Cuba se idealiza la “lucha de clases” y dan por abolida la “explotación del hombre por el hombre” ¿Acá?, vivimos el boom de “lo políticamente correcto” anteponen: libertades, derechos, género, etnias, y a cuanta pendejada existan con riesgos de linchamiento mediático y/o de las redes sociales, a la generación de empleos y de riquezas.
  • La estructura productiva socialista padece de rigidez; el excesivo centralismo hacen inviables la flexibilidad y los reajustes sobre la marcha. Suelen fracasar por el desfase entre el sistema y el proceso productivo. En New England (y sigo hablando de la terminal de Elizabeth), la aplicación e inviolabilidad de un modelo de organización y planificación del trabajo jamás se logró; el de un esquema secuencial que pautase la actividad en sus tiempos y prioridades, y que optimizara el espacio (de por sí, limitado) no existió, y aprendimos a convivir con la desastrosa imagen del Dock, como si formase parte del paisaje cuando el caos rampante no encontró adversario.
  • De sus recursos humanos: cualquier cosas que diga es poco. Les hablaba del desgano productivo del obrero o trabajador cubano ¿Dime tú, si encuentras panorama alentador acá? Creo que lo único salvable en nuestra terminal es el equipo de mecánicos y mantenimientos del parque automotriz, los demás dejamos mucho que desear: ante la desorganización, a la anarquía institucionalizada, se afanaron en cumplir cuotas de reclutamiento; fundamentalmente en el personal en el Dock. Llenar los huecos con la incorporación a trabajadores sin las mínimas cualidades ni calidades; mal adiestrado y huérfanos de supervisión. Nosotros los choferes (en éste caso como elite del proletariados), con la responsabilidad a cuesta de poner en movimiento todo el engranaje de la empresa, comenzamos a mirarnos el ombligo y se tornaron insaciables nuestras demandas y cicatero nuestro compromiso; jamás reparamos en que: figurábamos como “brazo armado” del esquema extorsivo de los sindicatos a las compañía… Y de los eslabones intermedios de mandos: la inexperiencia, la ineptitud y peor aún, la criminal falta de compromiso, su postura permisiva y la deshonesta inobservancia de sus funciones, también dieron al traste con supervivencia de la compañía.

Y por eso digo que hablo de los episodios de mi vida en New England. Las reglas básicas en el emprendimiento ramifica los esfuerzos en dos direcciones; uno sería: la consecución de los recursos de cualquier índole para iniciar un ciclo productivo y constituir un capital de trabajo. Y la otra: alcanzar algún segmento de mercado; pero, por esa cosa impersonal que se llama mercado hablan los clientes: a quienes hay que mantener satisfechos. Entonces, se lograría el ciclo productivo y continuaría con la reproducción. Estas reglas del emprendedor también se aplican para los líderes del mercado y las entidades consolidadas.

¿Pero cómo lograr sostenernos? Sí cada jodido paso que dábamos, era en detrimento de nuestros clientes. Es más, les mostraré par de casos: yo tenía la cuenta de Jesco en Fairfield, de piezas y recambios de la línea de equipos Jhon Deere. Todos los días tenían mercancía con nosotros, y pocas veces fueron las veces que no hubo algún reparo. Pero recuerdo con vergüenza los episodios con aquel tipo, fornido y de mostachos: tres veces le llevé el parabrisas de su retroexcavadora ¡Las tres veces llegaron rotos! Heritage Refrigeration, en el número 15 de Oak Rd, también en Fairfield: dos veces les lleve un crate de unos 12 pies de largo; con una sección arqueada de cristal doble, tratada al vacío, para un mostrador exhibidor. Las dos veces llegaron perforadas por las horquillas de un montacargas. Obvio que jamás volvía ninguno de los dos: clara señal de que nos mandaron al carajo. Y no voy a hablar de las puertas de Home Depot, con menos probabilidades de supervivencia, que las tortugas en la Polinesia.

 Un día cualquiera, viendo los destrozos que dejaban a su paso los operadores de montacargas. Al volumen de mercancía en OS&D y la pirámide de madera y pallets rotos frente a mi puerta (la 39) le pregunté a alguien ¿Cómo es que sobrevive esta compañía? La respuesta vino acompañada del peculiar ademan de frotar el pulgar sobre los dedos índice y medio en señal de dinero: “olvídate de eso, el Viejo tiene plata…”

El argumento de Volumen como soporte de la compañía se veía como falacia, en una actividad ineficiente, la insostenibilidad crece exponencialmente con el volumen: si en diez pierdo uno, cómo se evitaría que: en cien no fuesen diez, cuando menos. Es verdad de casos recurrentes que entidades asumen perdidas por pronósticos de cambios coyunturales en el futuro y se dan por satisfechos cuando logran detener la caída; incluso, con un lentísimo proceso de recuperación llegan a reportar utilidades; pero parece que éste no fue el caso. Las reformas radicales de cortar por lo sano, como en el caso de la gangrena nunca llegaron. La convocatoria al concurso de todos y barajar un abanico de medidas y no amilanarse por dolorosas que resultasen no se tomaron ¡Claro, estoy hablando de liderazgo!, y no he tenido en cuenta que el Viejo (que por cierto, en tres años y meses, nunca lo vi) es un octogenario sin fuerzas ni ánimos de reemprender la cuesta arriba que trepó un montón de décadas atrás. Cual reza la canción: “un viejo gavilán cansado, echándole a las palomas pan…”

Y para nosotros, que a pesar de perderlo todo, poco perdimos, porque no mucho tenemos. Sin embargo, nos lamentamos de que nada nos dijeran, de que no hubo una alerta previa de bancarrota. La lógica me dice que fue una decisión traumática y costosa para los proveedores del capital ¡Obvio!, al viejo no lo verán pidiendo monedas de un semáforo; pero los números de las pedidas son de muchos dígitos; por lo que nadie puede exigirle que a tal catástrofe se le diese el tratamiento publicitario de un concierto de rock. Que se necesita mucho temple para no provocar estampidas ni el pánico en el mercado ni desasosiegos entre los trabajadores y estar consciente de que tienes los días contados. Así que, cuando hagamos la lista de villanos, no nos olvidemos de los que hicimos en horas lo que debíamos hacer en minutos; de los inmisericordes con los bienes ajenos que manipulamos y de los que afrontamos a nuestras obligaciones a regañadientes. Y aceptar el hecho: que también fuimos parte del problema, no de la solución.

Dicen que el mal de muchos es el consuelo de tontos; pero les demostraré que el mundo no se acaba hoy: existió un eslogan que decía: “lo que es bueno para Pan Am, es bueno para América”. Así de petulante era la icónica línea aérea ¡Sin embargo, Pan American World Airways corrió nuestra suerte de hoy a principio de los ’90!

Pero, como cuando caemos, no nos queda de otra que incorporarnos como podamos, sacudirnos las nalgas, y atrevernos a dar un nuevo primer paso; guiado por el instinto de conservación y supeditándolo todo a la prioridad de la mera subsistencia, y con el tiempo haciéndose corto. En lo íntimamente personal: quiero dar fe de mi agradecimiento a New England Motor Freight; que me dio mucho. A que no acepto la idea de no ver jamás a muchos de mis compañeros (porque inexorablemente eso es lo que ocurrirá) y la certeza de: que de ésta, saldremos. Gracias.

Y en medio de la desventura, no deja de ser Mi manera de ver.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *