“La bola pica y se extiende”.

Y arrancó la pelota de las Grandes Ligas con los equipos neoyorquinos haciendo alardes de fuerza ¡Ah; desde luego! Que con el correr de la temporada se repita lo mismo de las últimas campañas; ya eso está por ver… Pero donde sí está por definirse el partido es en Venezuela: noveno inning, los Guaidozuelas continúan bateando con gente en bases; mientras que, los Venemaduros confían en su pícher abridor y cierran el cuadro para el “doble play”…  

Así había comenzado a opinar de la situación venezolana hacen ya unos cuantos meses; pero mi mundo laboral comenzó a tambalearse y precisó de toda mi atención y las cosas de por allá pasaron a un segundo plano. Ya cura’o de espanto y sosteniéndome nuevamente a flote, vuelvo a darle una ojeada al asunto y para sorpresa de muchos: los Guaidozuelas no lograron la carrera de la victoria y, toda Venezuela se fue a extra inning.

No me referiré a las causas de la crisis ni de pamplinoso, pretenderé hacer una radiografía de un conflicto; del que no sé mucho más que lo veo y oigo aquí y de lo que no acaba de pasar allá. Sí, porque desde aquí y ateniéndonos a lo que nos muestra la Prensa, nos resulta imposible hacernos un juicio ¡nada con soñar que sea objetivo!, conformémonos de que al menos no tan tendencioso ¡Sí es que lo logramos! Ya un tiempo atrás, hablaba de como el propio Chávez izó las velas de la “revolución bolivariana” y bajo las premisas del “socialismo del siglo XXI” contagió a muchos; los simpatizantes le auparon y con los vientos del barril del crudo por las nubes desafió a quienes creían que lo suyo era pura paja a ver el “éxito venezolano”. También hablaba de la “caja chica” PDVSA y de la compra de voluntades solidarias en el área y en otros sitios más distantes. Y de como cuando se achicó la Caja con la caída de los precios del petróleo dejaron al descubierto que las simpatías estaban bajo contrato de arrendamiento… Una vez teoricé sobre la sucesión de Chávez; pero hoy reconozco que el Teniente coronel se llevó a la tumba, las verdaderas razones por las qué prefirió a Maduro; pero de lo que no quedaron dudas fue: del “flaco favor” que le hiso a Venezuela. Ni tampoco me referiré a Maduro ni de su gestión ni de su legado. En ésta ocasión miraré para la acera de enfrente: a la Oposición.

Bueno, seré preciso, no puedo hablar de la oposición, porque la oposición venezolana supera a la película “Espartaco” en cuanto a la proporción estrellas vs extras. Por tanto hablemos de Juan Guaidó, el protagonista de éste capítulo; del presidente de la Asamblea Nacional que bajo argucias de constitucionalidades se proclamó presidente interino o encargado de Venezuela. Y hablo de argucia porque: fuesen valederas o no las causas para tal pronunciamiento; esa misma constitución a la que hace referencia Guaidó, contempla en la línea de sucesión a la figura del vicepresidente. Por tanto: no se trataba del mero  control político de una de las ramas del poder sobre otra, aquí se trató literalmente de un golpe de estado.

Obvio, que el libretista no fue o fueron Guaidó y Oposición: ya se contaba con el reconocimiento expreso de Trump y el efecto dominó en los casi todos restantes miembros de la OEA. Al joven le darían cordel y lo presentarían como el líder capaz de cristalizar la oposición. En el sainete: la alineación de la Unión Europea con los de acá sería la gota que colmase la copa. Los días de Maduro estaban contados.

Ahora, mirando los hechos con otros ojos críticos: al muchacho, amén de sus méritos –que los tiene- se vio enredado en las patas de la propaganda y el “entusiasmo” de varios jefes de estados de la región instigadores que ayudaron a sobredimensionar su liderazgo. El propio Guaidó recurrió al fallido inventario de carencias y necesidades materiales como fundamentos ideológicos y programáticos de su lucha y apostó por un millón de venezolanos acompañándole en la entrada de la “ayuda humanitaria” por un punto fronterizo con Colombia. La convocatoria no fue tal; pero dejó la infausta imagen de presidentes vecinos en tal grotesca provocación. Y aunque ni de lejos se acercó a las cifras de participación estimada; sí serían los suficientes para que las cosas se salieran de control. Todo el aparataje de prensa y propaganda no vaciló en culpar a los chavistas del incendio y la destrucción de gran parte del convoy. Se manipularon videos y se emitieron notas de prensas, se profirieron amenazas y se prometieron respuestas. Milagrosamente, sería otro y, para nada santo: el New York Times quien revelara que tal incendio lo provocó un opositor, un vándalo arrojando cocteles molotov hacia el lado venezolano.

Tal adversidad le fijó techo al vertiginoso crédito adquirido con el reconocimiento de Trump y unos cuantos países más; pero Guaidó no podía parar y, financiado no sé cómo, emprendió un periplo por el continente: con recepciones en Congresos y discursos a parlamentarios. Le contaría a todos de las penurias que pasa el pueblo venezolano y tildaría de “usurpador” a todo lo proveniente del Gobierno mientras sacaba el culo de Venezuela por mero instinto de conservación hasta ver qué pasa. Pero un “presidente” tiene que regresar a su país; y así lo hizo, regresó consciente de que su integridad no estaba en juego, además, que tendría un anillo de protección, integrada por varios embajadores acreditados en el país ¡Así de grande era la certeza de la eminente caída del gobierno!, que no les importó a estos representantes extranjeros, brincarse los protocolos diplomáticos y prerrogativas para facturarle al sucesor: deudas de gratitud.

En la mañana del 30 de abril amanecimos con el supuesto puntillazo al “régimen usurpador” –un calificativo que se repetirá hasta la saciedad en toda referencia a todo lo relacionado con el gobierno de Maduro- El llamado a la asonada golpista no pasó más allá de la “heroica liberación” de Leopoldo López. Y detengámonos en éste hecho: algo en Guaidó no acaba por seducir a la oligarquía y yo pienso que está relacionado con su pedigrís. Y a pesar: de que aunque, las revistas, no le han dado portadas, hablan de su siempre estar bien puesto; de sus corbatas y sus sacos azules y de los puños blancos; pero un apellido fonéticamente feo y sus facciones, le delatan sus cercanías con alguna etnia autóctona. Por tanto, la oportunidad de “matar a dos pájaros de un tiro” no la dejó pasar:

Leopoldo, el Looking Guy, el fácil de jeta, como se decía en mis tiempos, había sido fotografiado en su celda de confinamiento en solitario con un pulóver blanco recién encenta’o –como dijera el guajiro- y mostrando pectorales, cuando la propaganda acusaba y temía por su vida en las condiciones inhumanas a la que estaba sometido ¡Fue tal el choque!, que la asesoría de imagen no se hizo esperar y le dijeron: “jodé tío, al menos déjate la barba crecee”; y así fue. Devaluado seguía siendo la primera opción. Acopiando paciencia, acumulaba puntos para la transición como preso político en su condición ya de “casa por cárcel”, mientras que ya se acordaban menos de él y su muy linda mujer. Pero en la conquista del poder se deben allanar los caminos y deshacerse de todo lastre ¡Por tanto! por qué pensar que ha de ser diferente en esta ocasión: Guaidó rescató a Leopoldo y lo sirvió en bandeja de plata a la reacción del gobierno –que por suerte de Leopoldo, no mordió el anzuelo-. El presidente constitucional, presidente encargado, jefe de la oposición o simplemente Guaidó sabía que irían por el prófugo. Y Leopoldo no ocultaba el miedo y el desconcierto; sabía que sería el mártir de la jornada y el empujón final a la caída de régimen. El frío abrazo de Capriles, parece haberlo advertido y corrió hacia la sede diplomática española. La revuelta militar no se dio y los argumentos de que no abandonaba la lucha, de que no se había asilado y que solo era un huésped en la residencia consular no cayó muy bien en muchos simpatizantes. Al niño mimado de la oligarquía, su carrera política, parece haber entrado en picada.

¿Cuánto?, por lo menos cinco meses desde que se pronosticó el inicio del fin; desde cuando parecía que los Guaidozuelas iban a dejar en el campo a los Venemaduros para acá ha pasado mucho tiempo. Tanto que le ha “sacado la piedra” a Washington, que sigue amenazando con “todas las opciones sobre la mesa”, mientras manifiesta su decepción con la Oposición. Trump regañó al Departamento de Estado por dar como “pan comido” el caso de Venezuela y que Guaidó era la solución; mientras que el propio Pompeo no tuvo recato al afirmar que serían 40 los herederos de Maduro al advertir que: “…existen muchas divisiones dentro de la oposición venezolana.”

Y como todo encuentro de Pelota hay espectadores, fanáticos de unos u otros. A Maduro lo aplauden los malos: cubanos, rusos, chinos e iraníes; tanques, misiles y bombarderos estratégicos. También ocupan butacas: Ortega y Evo Morales ¡más!, Hezbolá, Hamas y cuantas organizaciones –terroristas-, que la musa de la propaganda cree o exagere. Mientras que las rechiflas provienen de los buenos: los demócratas, el mundo libre y el temor a Dios de entre los 50 o 60 países de los aproximadamente 190 que existen; pero que han manifestado tal reconocimiento a la Oposición; aunque algunos, ni puta idea tengan, que es un “fao a la malla”.

Así y todo, Guaidó sólo le necesitaba un “jilito” y todo acabaría –o comenzaría-; pero se fue con la de trapo. Mientras que las ansias; las conspiraciones; la necesidad o como se justifique -sí porque lo hay de todo- un cambio de rumbo; para un golpe de timón en Venezuela siguen esperando por un mesías’ ya que la historia y los hechos han demostrado que Guaidó no es el futuro, que no da la talla. Como que tampoco sirven de mucho el “apoyo” de los que gritan y blasfeman desde las gradas. Que muchos o la mayoría, que tienen tantos o más problemas insolubles que la propia Venezuela en crisis (les prometo contarles). Mientras que –desgraciadamente-: “la bola pica y se extiende” y ni se salen de Maduro ni… Al menos es Mi manera de ver.

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